Una ingesta de calcio insuficiente y mantenida conduce a una desmineralización ósea, que vuelve frágil al hueso lo que favorece el riesgo de sufrir fracturas y osteoporosis
El organismo humano contiene algo más de 1 kilo de calcio acumulado
en los huesos y en los dientes, y en mucha menos cantidad distribuido
por la sangre y los distintos tejidos. El 99% del total del calcio
orgánico lo contienen los huesos, en los que se encuentra en forma de
una sal compleja, la hidroxiapatita, que les confiere su característica
dureza.
El calcio del organismo va aumentando hasta el final de la
época de crecimiento (hacia los 30 años), pero posteriormente, el
intercambio con el exterior sigue siendo intenso, produciéndose una
constante eliminación del mismo, que debe ser repuesto a partir del
calcio procedente de los alimentos.
¿Cuáles son sus funciones?
El calcio interviene en la formación de los huesos y de los
dientes, en la contracción de los músculos, en la transmisión del
impulso nervioso y en la coagulación de la sangre.
La regulación del calcio, así como la absorción intestinal, el
deposito en el hueso y la eliminación por la orina, dependen de la
vitamina D, del fósforo y de diversas hormonas (paratohormona y otras).
Con el fósforo existe un cierto equilibrio antagónico, y el aumento de
los niveles de uno lleva como consiguiente el descenso del otro.
El calcio de los alimentos se absorbe en la parte alta del
intestino delgado (duodeno y yeyuno proximal) y sólamente se absorbe
del 20% al 30% del calcio ingerido, aunque en los periodos de
crecimiento, en el embarazo y en la lactancia, puede llegar al 40%. El
calcio no absorbido se elimina por las heces, aunque el organismo
elimina una parte por la orina y algo por el sudor.
¿Cuáles son las cantidades que aporta normalmente la dieta?
La ingesta media estimada se encuentra en torno a los 800 miligramos al día para la población en general, lo cual se consigue llevando a cabo las recomendaciones de dieta equilibrada. Durante el periodo del estirón puberal (infancia-adolescencia), el embarazo y la lactancia, debido a las necesidades aumentadas, los requerimientos ascienden a 1200 miligramos/día de calcio.
¿Dónde se encuentra?
La leche y derivados (yogur, cuajada, quesos...) tienen la fama de
ser las mejores fuentes de calcio; sin embargo, existen diversos
alimentos vegetales tanto o más ricos en este mineral que los
anteriores: sésamo, melaza negra, frutos secos y legumbres en general,
y con cantidades más discretas, la col, el brécol, las espinacas y la
naranja. Los pescados de los que se come la espina tales como sardinas
en lata, boquerones, etc., también son ricos en calcio.
No obstante, el aprovechamiento por el organismo del calcio de
los vegetales no es tan eficaz como la del calcio de los lácteos y esto
se debe a que existen en los alimentos sustancias que favorecen o
interfieren con la absorción y posterior aprovechamiento de dicho
mineral.
- Favorecen la absorción del calcio: La
vitamina D, las proteínas, la lactosa, sustancias todas ellas presentes
en los lácteos. De ahí que se considere a estos productos como fuente
más eficiente de calcio.
- Interfieren su absorción: El exceso
de fósforo, como ocurre en las dietas en las que se abusa del consumo
de alimentos proteicos, especialmente de carne y derivados. Los
fitatos, sustancias presentes en el salvado de trigo y en la cáscara de
otros cereales y los oxalatos abundantes en las verduras de hoja,
forman sales insolubles ocn el calcio, e impiden su óptima absorción.
¿Cómo conseguir cubrir los requerimientos diarios?
Para cubrir las necesidades diarias de este mineral es preciso
incluir en la alimentación diaria leche y derivados como fuente
principal de calcio y realizar un consumo semanal o más ocasional del
resto de alimentos que se indican como buena fuente de dicho nutriente.
En caso de intolerancia a la lactosa (azúcar de la leche),
motivo por el cual numerosas personas limitan el consumo de lácteos,
cabe señalar que los yogures y los quesos más curados apenas contienen
lactosa, por lo que estos alimentos pueden formar parte de su dieta
habitual, y así se evitan posibles déficits de calcio.
Quienes padecen alergia a la caseína (proteína de la leche de
vaca) deben informarse de los distintos productos disponibles que
sustituyen a los lácteos como fuente principal de calcio. Algunos de
ellos: batido de soja y otros productos derivados de la soja como el
tofu; leche de cabra y queso de cabra.
En cualquier caso, y con el fin de no comprometer los
requerimientos de este mineral se aconseja el asesoramiento dietético
profesional.
¿Quienes tienen mayor riesgo de déficit?
Las necesidades de este mineral están aumentadas en la etapa de crecimiento de los niños y adolescentes; así como en las embarazadas, que deben mineralizar el esqueleto del feto y en las lactantes, donde el calcio es uno de los ingredientes de la leche materna. Las personas mayores también constituyen un grupo de riesgo, ya que su función intestinal va degenerando y se compromete de este modo la absorción de calcio. Así mismo, la inmovilización continua conduce a un aumento en la pérdida del calcio óseo.
Por otra parte, las enfermedades intestinales asociadas con mayor
frecuencia a una deficiencia de calcio comprenden el síndrome del
intestino corto y los procesos que afectan de modo generalizado a la
mucosa del intestino ya que provocan malabsorción con lo que aumentan
las pérdidas intestinales.
Las personas con alergia a la caseína que no han sustituido
los lácteos por otros productos ricos en calcio durante largos peridos
de tiempo también presentan mayor riesgo de déficit.
La consecuencia de una ingesta baja en calcio mantenida durante mucho tiempo es la desmineralización de los huesos, verdadera descalcificación que vuelve frágil al hueso lo que favorece el riesgo de fracturas de cuello de fémur, radio, cúbito y cuerpos vertebrales, entre otras, y el desarrollo de osteoporosis.
Durante la infancia y la adolescencia puede verse comprometido el crecimiento óseo, y en casos extremos los más pequeños pueden sufrir raquitismo, un trastorno que consiste en la deformidad de los huesos por déficit de vitamina D.