S?bado, 16 de enero de 2010

Autor:

 

Mario Alonso Madrigal

 

Introducción

 

Extrañando a Dina es un libro basado en una historia real. Específicamente, inspirado en una relación de pareja que tuve con una joven llamada Dina. Pero no es precisamente la historia de ambos, sino la mía después de haber terminado con ella. Aunque sí hago ciertas referencias a lo que vivimos, es más una descripción de lo que sentí, al separarnos.

 

Cuando nuestra relación acabó, yo sufrí de forma muy intensa, lo cual dio lugar a que tuviera largos ratos de meditación acerca de la soledad, el miedo, la tristeza, el dolor, la sexualidad, el placer, el amor -no sólo de pareja sino en general-, y otras cosas. Estas páginas contienen lo que aprendí acerca de ello durante ese tiempo.

 

Mi intención al crear esta novela no es sólo proporcionar entretenimiento, también es hacer un aporte a las demás personas. Como en cierto momento pensé que tal vez a alguien, le podría ayudar en algo el leer mis reflexiones, decidí compartirlas de manera escrita.

 

Con eso no quiero decir que este libro sea una obra mágica e incuestionable, portadora de verdades a seguir para poder alcanzar la felicidad, ni nada por el estilo. Lo narrado aquí es mi verdad, en la cual creo, pero no tiene por qué ser la verdad de otros. Si de alguna manera mis relatos le ayudan al lector, pues me alegro mucho. Pero si no es así, ni modo, no escribí con el afán de convencer a nadie, lo hice simplemente para compartir.

 

Me encantaría que quien lea mi experiencia, al hacerlo trate de sentirse no sólo espectador, sino también protagonista. Con esto, me refiero al hecho de leer procurando sentir todo lo vivido por mí, en este recorrido de soledad; el dolor, la angustia, el miedo, la frustración, la duda, el desesperado afán de encontrar respuestas, la esperanza de volver con Dina, y cualquier otra emoción o sentimiento que se presente.

 

A mi parecer, si el libro se lee de esa manera, tal vez se pueda entender mejor lo que sentí y quizás las palabras no me resultaron suficientes para explicar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

Cuando Dina y yo terminamos llevábamos pocos meses de ser novios, pero a diferencia de otros noviazgos nuestra relación fue muy intensa, o por lo menos así lo sentí yo. Éramos compañeros en la universidad, nos veíamos casi a diario durante bastante rato, en muchas ocasiones ella dormía en mi casa, y a veces yo, en el apartamento de ella.

 

Dina había dejado su trabajo debido a que el horario no le permitía asistir a la universidad. Esperaba pronto hallar otro, con una jornada más conveniente para ella. Los días fueron pasando y no encontraba empleo, lo cual la hacía sentirse muy agobiada. Mientras tanto se sostenía con lo poco que ganaba los fines de semana; los sábados en una labor de medio tiempo que un amigo mío le había conseguido, y los domingos colaborando en una tienda de ropa con su hermano. Yo le ayudaba con la alimentación.

 

En esa situación -muy angustiante para ella-, pasó un tiempo, hasta que llegó un momento en el cual estaba completamente desesperada por su falta de empleo. Debía pagar el alquiler del apartamento donde vivía y como no tenía dinero, comenzamos a pensar en la posibilidad de que residiera conmigo mientras encontraba una labor de tiempo completo.

 

En ocasiones anteriores habíamos conversado sobre el hecho de irnos a vivir a una misma casa, pero yo no lo tomaba en serio porque no sentía estar preparado para dar ese paso. En algún momento me dijo que si yo realmente la quería, debía tomar en cuenta la mala situación económica en la cual se encontraba y llevármela a vivir conmigo. Aunque yo consideraba esas palabras como una especie de chantaje sentimental, sólo le respondía que para mí, unión libre es igual a matrimonio, lo cual no me parecía apropiado, que mejor dejara eso como última opción y esperara a ver si pronto conseguía empleo.

 

Yo no tomé esa actitud por egoísmo, sino porque consideraba necesario esperar más tiempo antes de adquirir un compromiso tan serio para mí, como juntarnos.

 

Ella me decía que prácticamente vivíamos juntos, porque todos los días nos veíamos y dormíamos en la misma cama. Yo le decía que para mí sí había algunas diferencias significativas en comparación con una pareja que habita bajo el mismo techo, por ejemplo; ella aún no poseía llave de mi casa, seguía teniendo la mayoría de sus cosas en su apartamento, pasábamos uno que otro día sin vernos, yo me sentía inseguro y además, mi hermano vivía conmigo, por lo cual, no podíamos disponer solamente nosotros dos, la opinión de él también contaba. Pero como se aproximaba el momento de pagar el alquiler y ella no tenía dinero, era necesario tomar una decisión.

 

_Yo no puedo seguir pagando el alquiler -me dijo un día-, primero, por la falta de plata, y segundo, porque ya casi no utilizo mi apartamento para nada; diariamente me quedo a dormir donde tú vives y tengo mucha ropa ahí. Mejor me llevo a tu casa la ropa que aún tengo en mi apartamento, y me quedo contigo mientras encuentro algún empleo.

 

Accedí a la idea con un poco de nerviosismo y le dije que dejara sus muebles en casa de su madrastra.

 

Dina también tenía oportunidad de irse a vivir con ella, pero no lo hacía debido a ciertos problemas que tuvieron algún tiempo atrás. Esa señora la había agredido mucho, tanto física como verbal y emocionalmente, desde niña y durante toda su adolescencia. Dina decía seguir hablándole debido a que le ayudaba con dinero y porque allí vivían sus dos hermanos menores, a quienes quería mucho. Pero una de sus metas era ser solvente económicamente y esperar a que sus hermanos vivieran en otro lado para no volver a dirigirle la palabra nunca.

 

Comentaba que aunque su madrastra se comportara gentil en ese momento, ofreciéndole un cuarto, era pura hipocresía. Que actuaba así solo porque no vivían en la misma casa, y si así fuera, nuevamente volvería a comportarse de forma violenta, y comenzarían los problemas otra vez.

 

Mientras nos poníamos de acuerdo respecto a lo que íbamos a hacer le dije:

 

_Escúchame, quiero dejar algo claro; tú y yo no nos estamos casando ni decidiéndonos a vivir en unión libre, que no es lo mismo pero es igual. Por eso te pedí que dejaras tus muebles en otro lado, porque de lo contrario sería igual que juntarnos. Si traes todo para acá, cuando encuentres trabajo no te vas a ir ni yo voy a dejarte marchar; porque ya estaremos acostumbrados a vivir juntos y no vamos a querer separarnos. Y no me parece correcto el aferrarnos tanto, uno al otro, de forma tan rápida.

 

A juzgar por su expresión, pude notar que ese comentario le molestó, pero no respondió nada hasta el día siguiente por la noche. Veníamos saliendo de clases, cuando me dijo:

 

_Estuve pensando en lo que me dijiste ayer y he cambiado de parecer, mejor no voy a vivir contigo, pero para sentir que vale la pena el dinero pagado por el alquiler de mi apartamento, pasaré más tiempo ahí, de hoy en adelante dormiré en tu casa sólo los fines de semana. Antes de venirme a la universidad le vendí la refrigeradora a mi madrastra, con ese dinero pagaré el alquiler durante los próximos dos meses, tal vez en ese tiempo consiga trabajo.

 

_ ¿Pero por qué así? -respondí-, ¿no te parece que estás reduciendo demasiado nuestro tiempo?, además, sí estás utilizando tu apartamento, ahí tienes muchas cosas y el dormir en mi casa no implica el dejar de ir a tu apartamento cuando quieras, como a menudo lo haces.

 

A mí me parecía que ella buscaba mediante esa actitud, terminar parcialmente con nuestra relación, pero por más que intenté hacerla cambiar de parecer respecto a esa decisión de vernos menos, siguió firme en su determinación.

 

_Por más que insistas no cambiaré de opinión -me decía-, y si tanto te molesta eso, entonces terminemos de una vez por todas.

_ ¡Ah!, así que ahí querías llegar -le dije-, estás buscando un pretexto para pelear y terminar la relación, sólo porque no accedí a que nos juntáramos.

 

Le dije eso no sólo por la evidente molestia expresada en su rostro cuando el día anterior le dije que no deseaba juntarme, sino también porque desde unas semanas atrás me había parecido que ella, -a pesar de haber pensado varias veces, en vivir conmigo-, se sentía muy insegura con nuestra relación y quería alejarse de mí. Sin embargo, después tenía cambios emocionales drásticos y decía adorarme e incluso querer casarse, entonces concluí que su intención era “todo o nada”; o estamos juntos completamente, o no estamos juntos. Yo pensaba que sí me quería pero su necesidad económica la estaba confundiendo.

 

Ese día estuvimos discutiendo por lo mismo durante mucho rato hasta llegar a mi casa, donde hubo un absoluto silencio. Yo solamente esperaba a que ella me dijera algo así como: “Voy a pasar menos tiempo aquí, pero cuando quieras puedes llegar a mi apartamento”.

 

En ningún momento lo dijo, lo cual para mí, reafirmaba mi sospecha de que ella no quería continuar con nuestra relación, por lo menos no bajo las condiciones en las cuales estábamos. Cuando ya no aguanté más el silencio, le dije:

 

_Lo más doloroso para mí, es no haberte oído decir que entre semana yo puedo quedarme en tu apartamento de vez en cuando.

_No te lo he dicho porque es lógico -dijo-, puedes llegar cuando quieras.

 

Como respondió con un tono bastante apagado, no creí que lo dijera sinceramente, sin embargo, no quise continuar con la conversación.

 

Esa noche no hubo entre nosotros ni un solo beso o abrazo, situación que era inusual. Al acostarnos intenté acariciarla con el fin de reconciliarnos, pero al notar su seriedad me detuve.

 

Al día siguiente yo no tenía trabajo porque era sábado, pero ella sí. Se levantó muy temprano y mientras me encontraba dormido, empezó a empacar sus cosas. El ruido que estaba haciendo me despertó, al verla guardando todo pensé:

 

Sí, definitivamente este es el final, esperaré a que me diga algo.

 

No me dijo nada, solamente terminó de alistar su ropa. Cuando estaba a punto de salir le pregunté:

 

_Dina, ¿qué vamos a hacer ahora?

 

Con esa pregunta, me refería a cuáles eran nuestros planes para después de que ella terminara de trabajar.

 

_Apenas salga del trabajo vengo a recoger mis cosas y me voy a mi apartamento -dijo-.

_Pero estabas a punto de irte sin decirme nada, ¿cómo iba yo a saber a qué hora  vas a venir?

 

Le hice esa pregunta porque yo no tenía un teléfono en el cual recibir llamadas. Se quedó un momento en silencio y dijo:

 

_Bueno, chao.

 

Yo asumí, aunque no me lo dijera, que estaba cortando conmigo. Esto lo creí debido a varias razones:

 

Primera, era sábado; según me había dicho el día anterior, los fines de semana pasaríamos juntos, sin embargo, sus planes eran irse a su apartamento después del trabajo. Segunda, se marchaba sin decirme nada; eso nunca lo hacía. Tercera, había empacado absolutamente todo lo que tenía en mi casa. Y última, al preguntarle qué íbamos a hacer, respondió que después de trabajar se llevaría todo. Para mí era muy claro; estaba acabando con la relación.

 

Me levanté de la cama y fui a desayunar. Un rato después de haber acabado, pensé:

 

Bueno, tal vez sea mejor así. De todos modos ella no sabe ni qué quiere realmente, ciertos días se muestra felicísima y dice amarme con toda su alma, y a veces está tan irritable que no puedo ni acercármele. En algunas ocasiones afirma nunca haber imaginado encontrar a alguien tan especial como yo, y en otras manifiesta sentirse insegura con nuestra relación, al punto de no saber si lo mejor es terminar conmigo.

 

Y yo por mi parte, ya me estoy cansando de algunas cosas, como de que me cele tanto. Eso me hace sentir muy limitado.

 

Además, creo estar muy joven como para aferrarme tanto a una relación de pareja.

 

Habiendo concluido que lo mejor era terminar, decidí arreglar de forma inmediata, un asunto pendiente entre nosotros; fui al teléfono público, la llamé a donde estaba trabajando y le dije:

 

_Por favor, cuando vengas ahora en la tarde tráeme la plata que te presté.

_Con mucho gusto -respondió-.

 

Yo le había prestado dinero para el alquiler del mes pasado, y como acababa de venderle la refrigeradora a su madrastra, consideré ese momento como el adecuado para pedírselo, ya que no sabía cuándo la volvería a ver, no sólo por el hecho de terminar, sino también porque eran los primeros días de diciembre y estaba a punto de concluir el período lectivo, por lo cual, tampoco la vería en la universidad.

 

Esa última conversación la tuvimos aproximadamente a las diez de la mañana. A pesar de que ella salía hasta las cuatro de la tarde, media hora después de haberla llamado, estaba en mi casa. Llegó en un taxi y entró a recoger sus cosas.

 

_ ¿Qué pasó con el trabajo? -le pregunté-.

_Pedí un rato libre para venir a recoger todo -me dijo-, el lunes en la universidad le doy su dinero.

 

Sacó todas las bolsas de la alcoba, recogió una ropa que tenía colgada en el tendedero del patio y se fue.

 

_Te voy a extrañar -le dije cuando estaba saliendo-.

_Chao -respondió-.

 

 

 

 

Capítulo 2

Estuve todo el día, con mucho dolor, pensando en lo que había pasado. Cuando ya era de noche, mientras estaba cenando, empecé a extrañarla muchísimo y a sentirme muy arrepentido por no haber intentado solucionar nuestros problemas. Entonces me puse a pensar:

 

¿Por qué terminamos? Aunque en el momento lo creí oportuno, ahora, pensándolo mejor, me parece que no hay un buen motivo como para acabar con la relación. Además, nos amamos, y cuando hay cariño no se deja ir todo así nada más. Si sigue existiendo amor y no ha habido irrespeto, deberíamos continuar.

 

Terminé de cenar, me lavé los dientes, salí, abordé un taxi y me fui a su apartamento con el fin de platicarle sobre eso que había pensado. Tal vez si hablábamos más claramente podríamos entendernos mejor, pensaba yo.

 

Dina era divorciada, me había contado que su esposo la agredía de muchas formas, desde cosas tan simples como obligarla a utilizar el "speaker" cuando hablaba por teléfono, para él poder escuchar, hasta cosas tan degradantes como patearla mientras la trataba de zorra, o prohibirle cerrar la puerta del baño cuando hacía sus necesidades, para asegurarse de que no le ocultaba nada.

 

De hecho, me había comentado que no lo quería lo suficiente cuando se casaron, pero lo hizo principalmente porque deseaba dejar de vivir con su madrastra e irse a otro lado, pero no tenía recursos económicos para hacerlo sola.

 

Mientras iba en el taxi pensaba:

 

Dina estuvo casada, debe saber que todas las parejas tienen problemas, y después de haber vivido con ese patán, difícilmente querrá tirar a la basura una relación tan linda como la nuestra, sin hacer un último esfuerzo. Hablaré con ella, haré todo lo posible por entenderla y le pediré que lo intentemos de nuevo. 

 

Llegué a su apartamento y no estaba, o si estaba no me quiso abrir. Llamé a casa de su abuela y no se encontraba ahí. Entonces llamé a su madrastra.

 

_Aquí no está -me dijo con una voz fría y cortante-, pero vendrá mañana como a las 8:00 a.m., si quiere llámela a esa hora.

 

Por su tono de voz supuse que ya se había enterado de nuestra ruptura.

 

Me devolví a casa sintiendo una inmensa necesidad de tenerla a mi lado y preguntándome por qué había sido tan idiota de dejarla partir así nada más, sin hacer mayores esfuerzos por llegar a un acuerdo. En la madrugada quería levantarme, tomar un taxi e ir nuevamente a su apartamento a buscarla, pero logré controlarme y pude dormir.

 

Al día siguiente, estaba a las ocho en punto de la mañana llamando por teléfono:

 

_Mario Alonso, Dina aún no ha venido -me respondió su madrastra-, pero definitivamente no quiere continuar con la relación. Está muy molesta porque usted, conociendo la difícil situación económica por la cual está pasando, le pidió la plata de un pronto a otro.

_Se la pedí porque simplemente se iba a ir sin decirme absolutamente nada -le dije-, y como le había vendido la refrigeradora a usted, entonces aproveché que tenía suficiente dinero como para pagarme y cancelar su alquiler. Pero de todos modos, yo no quisiera terminar con ella, porque la quiero y no me parece que haya sucedido nada tan grave como para acabar con nuestro noviazgo, además...

_Pero usted, por ser hombre, no debió haberle pedido el dinero ni aunque terminaran, porque el varón siempre se debe encargar de la mujer, y la plata que le da debe darla por perdida.

 

Yo sabía que esa señora era una persona muy machista a la cual resultaría imposible explicarle que a mi parecer, el noviazgo entre Dina y yo no era una de esas relaciones hechas a la antigua donde el hombre está obligado a mantener a la mujer. Que para mí, las mujeres tienen las mismas obligaciones del varón; si yo le hubiera pedido dinero prestado a Dina, lo normal es pagárselo después, por lo cual ella debería actuar de la misma manera. Que Dina muchas veces se había catalogado a sí misma como una persona muy liberal en todo sentido, incluyendo el económico, y que yo también estaba necesitando ese dinero, el cual no había podido usar por ayudarla. Sin embargo, preferí no decirle nada para no entrar en una discusión.

 

_Un momento, ya viene Dina -me dijo-, voy a decirle que usted desea hablar con ella.

_ ¿Sí? -contestó Dina en un tono bastante seco-.

_Hola -respondí-, ayer te fui a buscar en la noche.

_Sí, me contó mi vecina que te vio.

_Necesitaba hablar contigo.

_Pero yo no quiero hablar con usted, he visto que no es quien yo creí, con esa actitud tan maldosa de pedirme el dinero conociendo mi situación económica.

_Yo no lo hice para molestarte o hacerte sentir mal.

 

Le expliqué por qué había sido, pero ella no aceptaba mis razones.

 

_Olvídelo Mario Alonso -me decía-, yo ya tengo mi vida resuelta, no hay nada más por hablar, y no crea que me va a convencer, porque cuando yo tomo una decisión soy firme en ella.

_Bueno, si no quieres volver conmigo está bien -le respondí-, pero quisiera conversar contigo.

_No, yo no quiero hablar con usted.

_Mira, te pido disculpas si ese asunto del dinero te lastimó, no fue mi intención hacerte sentir mal. Quiero hacerte saber que te amo y quisiera charlar para intentar llegar a un acuerdo, me gustaría decirte varias cosas que he pensado.

_Pero yo no quiero discutir nada más, entiéndalo y sepa que todo terminó.

_ Si a tu ex-marido le aguantaste tantas groserías, y a tu madrastra le sigues hablando después de como te ha tratado, ¿por qué eres tan inflexible conmigo?

_No le voy a dar explicaciones acerca de eso, adiós.

 

Cuando colgó el teléfono me sentí destrozado, sabía que hablaba en serio, entonces me dije a mí mismo:

 

Si te interesa no te debes rendir así nada mas, debes luchar hasta donde puedas.

 

Llamé a su madrastra en la noche y le estuve hablando varias cosas, entre tantas, que yo amaba a Dina y no la quería solamente como novia sino como mi futura esposa, que ella y yo habíamos hablado del hecho de vivir juntos y tener o adoptar niños, pero a mí me parecía preferible terminar nuestras carreras antes de intentarlo.

 

Le dije que nunca le había hablado sobre esto, de manera tan clara a Dina, por lo cual quería decírselo, hacerle saber que si quería una relación más formal, por mi parte sí la podíamos tener, pero teniendo paciencia.

 

También le mencioné que deseaba preguntarle a Dina por qué no me quería dar, ni siquiera la oportunidad de hablarle.

 

Me recomendó llamar dentro de unos días, cuando a Dina se le bajara un poco el enojo, pero me advirtió que ella había dicho no querer volver a hablar conmigo nunca.

 

Al ver la decisión de Dina me decidí a hacerlo lo mejor posible, escribí una carta para dársela en la noche del siguiente día (lunes), cuando la viera en la universidad, en la cual le manifestaba no sólo mis sentimientos hacia ella, sino también lo que a mi parecer, podríamos llegar a hacer en un futuro.

 

Al día siguiente llegué a la universidad justo cuando estaba empezando la clase, por lo cual me vi obligado a esperar hasta la salida para poder hablarle. Cuando terminó la lección me acerqué a donde ella estaba e inmediatamente me dio el dinero. Intenté dialogar y no quiso hacerlo. Le expliqué muy rápidamente mi opinión respecto a lo acontecido y le pedí disculpas, pero ella solamente me evitaba y decía que todo había acabado. Por último, le di la carta y le pedí por favor llamarme si cambiaba de opinión, ella asintió con la cabeza y se marchó.

 

Esa noche me fui muy apesadumbrado para mi casa, me sentía embargado por una profunda sensación de impotencia.

 

Al día siguiente, mi amiga y compañera de trabajo, Viky, -quien conocía la situación y yo le había contado lo sucedido la noche anterior-, me sugirió no hacer nada más y esperar la decisión de Dina, pero no le hice caso. Era tal mi desesperación que decidí seguir intentándolo de otras maneras.

 

Ese día entregaban la nota final de una materia que Dina y yo llevábamos juntos, procuré ser el primero en llegar y el último en irse, pensando que tal vez ella me hablaría cuando me viera. Como no había clases y era sólo entrega de nota final, los compañeros únicamente llegaban, recogían su calificación y se iban. Estuve esperando a Dina hasta que el profesor se marchó. No llegó.

 

Tres días después volví a llamar a su madrastra y me dijo que nada había cambiado en la decisión de Dina. Empecé a cuestionarme sobre el porqué de su inflexibilidad:

 

¿Por qué toma esa decisión conmigo y con el sucio de su esposo, sí estuvo durante largo tiempo, y lo perdonó en muchas ocasiones?

 

Según ella nadie la había hecho tan feliz como yo, ya que soy distinto a sus novios anteriores, quienes eran hombres excesivamente machistas, entonces ¿por qué no puede tan siquiera dirigirme la palabra?

 

Como no pude dar respuesta a esas preguntas, dejé de pensar en eso para continuar ideando la manera de hacerla regresar conmigo. Decidí enviarle a casa de su madrastra un ramo de rosas, acompañadas con una nota un poco más larga que la anterior.

 

Esperé un par de días, luego envié las flores, seguí esperando unos cuantos días más, pero no dio ningún resultado.

 

Estaba por rendirme cuando se me ocurrió algo con respecto a la madrastra de Dina:

 

¡A como es de hijueputa esa vieja, tal vez botó las rosas, no le ha dado ni un solo recado, y Dina no sabe que he estado insistiendo!

 

Ante esa duda llamé por teléfono a la abuela de Dina, a quien yo consideraba una persona muy amable y servicial. Le conté brevemente acerca de lo sucedido y le pedí permiso para llegar en la tarde del día siguiente -cuando yo terminara de trabajar-, con una carta dirigida a Dina, en la cual expresaría de forma amplia mis sentimientos hacia ella y mi opinión con respecto a nuestra relación. La señora se comportó muy amable conmigo y me dijo que con gusto recibiría la carta para entregársela a Dina. Al terminar de hablarle me dije:

 

Bueno, haré una carta mucho más extensa que las dos anteriores, con fin de dejarle muy claro mi forma de pensar y sentir. Pero esto debe ser lo último que haga, me he arrastrado demasiado y ya es mucho más que suficiente.

 

Al día siguiente -el último de trabajo antes de salir a vacaciones en la empresa donde yo laboraba-, sonó el teléfono de la oficina mientras me encontraba almorzando y contestó Viky. Llegó ella al comedor y me dijo:

 

_Te llama Dina.

 

Yo corrí hacia el teléfono:

 

_Hola -respondí emocionado-.

_Mario Alonso -dijo-.

_Sí, ¿cómo estás?

_Llamaba para pedirle un favor; deje de molestarme.

_Solamente necesitaba conversar contigo para hacerte saber algunas cosas, pedirte disculpas y aclarar algunas dudas.

_Pero ya me pidió disculpas antes, además, no me interesa hablar nada. Yo tomé una decisión y usted no la ha respetado, así que por favor deje de molestarme y no moleste a mi abuela ¿está bien?

_Está bien.

 

Y colgó.

 

_ ¿Qué te dijo? -preguntó Viky-.

_Que dejara de molestarla, ¿ella le dijo algo a usted?, -le pregunté-.

_No.

 

Me quedé en silencio por un momento.

 

_No se aflija -me dijo Viky-, usted sabía a qué atenerse si seguía insistiendo.

 

Me levanté, saqué de mi salveque una manzana que pensaba dejarle a Dina cuando fuera donde su abuela -ya que le gustaban mucho-, y la dejé en el comedor del trabajo.

 

Fui al baño con la gran carta que la noche anterior había durado varias horas escribiendo, le di una leída, la rompí en pedacitos y la tiré al basurero. Con muchísima tristeza pensé:

 

Muy bien, ya es hora de aceptarlo, todo terminó.

 

 

 

 

 

Capítulo 3

Ese día no pude terminar de almorzar. Simplemente me devolví a la oficina a seguir trabajando y a esperar el fin del último día de trabajo en el año.

 

Al ser la hora de salida, probablemente yo era el único de todo el personal en la institución que no deseaba tener vacaciones, porque como también había terminado el período lectivo en la universidad, estaría mucho tiempo desocupado y sabía que eso me entristecería más.

 

Al llegar a casa mi hermano aún no había llegado. Me senté en el sillón de la sala y comencé a pensar:

 

Nuevamente me encuentro en la soledad que tanto odio. ¿Por qué?, me esforcé tanto con el fin de hacerla regresar y nada. Tal vez luego llegue alguien a mi vida, pero cabe la gran posibilidad de que también se vaya, ¿entonces?

 

Me quedé un rato sentado y en silencio, sin pensar en nada más. La tristeza empezó a hacerse cada vez más intensa, y cuando mis lágrimas estaban a punto salir, me levanté bruscamente y pensé:

 

No puedo quedarme aquí dejando que la soledad me destruya, debo buscar la manera de distraerme.

 

Así que inmediatamente tomé una decisión; pasar esas vacaciones de la forma más alegre posible, con la compañía de algunos amigos. Sin embargo, sucedió algo muy curioso, y fue que durante todos esos días no pude salir con ninguna de mis amistades. Les llamaba y por algún motivo no estaban, o no podían salir cuando yo les proponía.

 

Intenté comunicarme una y otra vez con una amiga llamada Carol y jamás la localicé, posteriormente me di cuenta de que había cambiado su número telefónico.

 

Llamé varias veces a Viky, y siempre me decían que no estaba, nunca pude hablar con ella.

 

Uno de tantos días, acordé con un ex-compañero de universidad, salir a algún lado a tomar algo, convenimos vernos en cierto lugar a las 6:00 p.m., pero no llegó. Me tuve que devolver a la soledad de mi casa.

 

En varias ocasiones estuve telefoneando a Viviana, -otra amiga-, cuando por fin la localicé me dijo que en un rato se iría de vacaciones a un lugar relativamente lejano.

 

También hablé con mi prima y llegamos al acuerdo de que la llamaría cierta tarde, a cierta hora, para salir a algún lado. Cuando intenté comunicarme con ella por teléfono, no estaba.

 

Le propuse varias veces a Susan -una vecina-, que fuésemos a algún lado, pero siempre estaba comprometida.

 

Después de varios días de esa situación, Leo, el hijo del esposo de mi madre, me dijo que llegaría cierta noche a revisar unos fallos en mi computadora. Durante la mañana del día que yo le esperaba estuve pensando:

 

Bueno, ahora más tarde viene Leo y hablamos un rato, aunque no salga a ningún lado, por lo menos no la pasaré aquí tan solo.

 

Al comunicarme con él un rato antes de la hora acordada para vernos, me dijo que no podría llegar. Desesperado y triste me pregunté:

 

¿Qué pasa?, por más intentos que hago siempre me encuentro solo, si no fuera por la ocasión en la cual salí con Roberto, me la hubiera pasado aquí encerrado día y noche.

 

Roberto es mi hermano, y la única vez que habíamos salido juntos durante esas vacaciones, fue mientras él andaba en una reunión con unos amigos y yo me incluí.

 

Luego hubo un par de días en los cuales pude salir, pero fue porque literalmente, me colé. Primero con unos vecinos que ya tenían planeado ir a pasear y fui con ellos. Luego con mi amiga Vanesa, pero también porque ella iba de fiesta con algunos amigos, y yo llegué a donde estaban.

 

El asunto fue que no pude salir con nadie a quien yo se lo propusiera. Ese día que anduve con Vanesa, ella y yo nos pusimos de acuerdo para recibir el año nuevo, juntos, el cual estaba a unos pocos días.

 

En la mañana del 31 de diciembre, la llamé para ponernos de acuerdo sobre la hora a la cual nos veríamos; me dijo que no podría verme.

 

Para colmo, ese día mi hermano andaba de viaje con unos amigos, se había ido desde el 29 y volvía el 3 de enero.

 

Aunque pudiera parecer que los pocos días en los cuales fui a pasear eran suficientes, por la partida de Dina y a causa de no estar en el trabajo ni en la universidad, me sentía mucho tiempo en soledad. Además, esos ratos de diversión fueron bastantes cortos. En relación con toda esta situación, pensaba:

 

Tras de ya no tener a Dina después de haberme acostumbrado a su presencia, todo el mundo me deja solo, lo peor es que como soy una persona de pocas amistades, ya agoté todas las posibilidades.

 

En esa soledad que a mí me resultaba tan dolorosa, pasé todo diciembre. Nunca había tenido unas vacaciones, navidad y año nuevo, tan horribles.

 

Los primeros días de enero -cuando ya había retornado al trabajo y estaba a punto de entrar a la universidad nuevamente-, me empezó a pasar que, cuando me encontraba desocupado, sentía una gran necesidad de reflexionar sobre la soledad que viví durante esos días. Una noche en mi casa me cuestioné:

 

¿Por qué sucedió eso?, parecía como si alguien o algo hubiese decidido que yo estuviera sólo. Fue demasiada casualidad que no hubiera con quien pasear precisamente cuando todo el mundo había salido de clases y estaba sin trabajar.

 

Empecé a reflexionar acerca de si existe algo que a veces nos guía hacia cierto camino y muchas veces no le hacemos caso. Consideraba lo acaecido como mucho más que casualidad, sentía como si todo se hubiera puesto de acuerdo para dejarme a solas y mostrarme algo.

 

En ocasiones anteriores, había notado como en muy poco tiempo me sucedían varios acontecimientos relacionados, pareciendo como si alguien intentara enseñarme algo, es decir, dando la impresión de ser más que una coincidencia. Por ello me pregunté:

 

¿Qué debo aprender? ¿Cuál es el significado de lo sucedido? Puedo notar que el destino me proponía estar solo, pero por qué, si yo odio eso, a mí me gusta estar rodeado de gente con la cual compartir, ¿por qué ese algo que parece estar guiando parte de mi vida no me brinda compañía en vez de soledad?

 

En ese momento una voz dentro de mi mente susurró:

 

“Quien no está preparado para la soledad

tampoco está preparado para la compañía”

 

Me quedé sorprendido ante esas palabras. Estuve bastante rato en absoluto silencio, con esa idea en la mente.

 

Después, de un pronto a otro comencé a sentir que comprendía profundamente esa frase, y en un instante empezó a surgir en mi mente, una gran reflexión al respecto, pero de una forma sumamente fluida y sencilla. Es decir, era yo quien pensaba pero al mismo tiempo sentía como si alguien me dijera las palabras:

 

¡Quien no está preparado para la soledad, tampoco está preparado para la compañía! ¡Es verdad! A veces busco la compañía, pero no precisamente por el gusto de tener a cierta gente a la par, sino por el temor a estar solo.

 

Estar preparado para la compañía implica no pretender eternizarla, más bien, es saber y aceptar que puede acabar. También es, no creer que obligatoriamente la compañía acarrea alegría, y la soledad, tristeza. La felicidad y la desdicha pueden hacerse presentes, independientemente de si me encuentro o no, con alguien.

 

Si no estoy preparado para la soledad, veré la compañía de una manera muy nociva; como mi salvación o el único motivo para ser feliz.  Eso podría llevarme a creer que si una relación no dura para toda la vida, entonces es un fracaso, lo cual puede provocar el aferrarme a relaciones destructivas.

 

Por eso, si no estoy preparado para la soledad, tampoco lo estoy para la compañía, ya que el recibirla me producirá daños emocionales, debido a que en vez de compartir y disfrutar, crearé dependencia y sujetaré mi felicidad a la presencia de esa persona.

 

Por eso muchas personas se aferran a quien no les hace sentir bien; “porque estoy muy viejo para encontrar a alguien que me quiera”, “porque todas las personas que pasan por mi vida son iguales, entonces debo aceptarlo”, “porque le amo y no puedo dejarle”, y por quien sabe qué cosas más. Pero todo se resume en su gran temor a recorrer la vida, solos.

 

Y cuando muchas personas se deciden a abandonar esa relación que tanto daño les hace, dicen algo así como; “estoy solo pero pronto eso cambiará, debo esperar para que algún día llegue el gran amor de mis sueños”, lo cual en apariencia podría parecer un pensamiento positivo, pero no lo es, porque al no aceptar plenamente lo que la vida le entrega -la soledad-, está alimentando el temor a ésta.

 

Eso es lo que se ha hecho en nuestra cultura; creer que durante los momentos de soledad, la dicha se ausenta. Muchas canciones románticas parecen promover un sentimiento muy positivo al afirmar que alguien al fin encontró la verdadera dicha y un motivo para existir cuando conoció a la persona con quien se encuentra, lo cual puede parecer muy bonito, pero es igual que escuchar una de esas canciones que muestran la partida de la pareja como una gran desgracia que estropea por completo las ganas de vivir. Desde ambas perspectivas hay temor a estar solo.

 

Lo mismo sucede con algunas novelas televisivas, las cuales consisten en echarse a morir por tener a alguien al lado. Seguramente su auge se debe a que incluyen dos características muy importantes de la vida sentimental de mucha gente; la primera es lo que realmente viven, y la segunda es lo que les gustaría vivir. Lo que viven es el dolor, la obsesión, el sufrir más que gozar, a causa de alguien. Lo que les gustaría vivir es el encontrar a su alma gemela, esa relación perfecta con una pasión de adolescente que dure para toda la vida, con alguien sumamente atractivo, inteligente y de hermosos sentimientos, que les comprenda y ame siempre.

 

Si hasta ahora, sin darme cuenta me he identificado con eso o por lo menos con una buena parte, será mejor empezar a cambiar, porque no sé cuántos serán los días que pase a solas y quiero aprovechar al máximo cada uno de ellos.

 

Un momento después de haber pensado en todo eso me dije:

 

Bueno, me siento un poquitín mejor al ver todo lo que he aprendido en tan poco tiempo. Parece que debo aprender a ver mi soledad de manera positiva, pero ¿cómo hago eso si siento lo contrario?

 

Me quedé en silencio acostado en el sillón durante un rato, con esa pregunta en la cabeza. Después de un rato volvió a surgir en mí, una gran comprensión de forma espontánea y fluida, la cual dio lugar a que de una manera rápida y continua, comenzara a pensar:

 

En primer lugar, debo entender que la alegría no depende de la compañía, sino de mí mismo y mi capacidad para estar bien en cualquier momento, viviendo de la manera más satisfactoria posible. Cuando comprenda eso dejaré de esforzarme tanto por tener a alguien a mi lado y no me aferraré a relaciones inconvenientes, ni a ideales amorosos esperando que algún día traigan consigo la dicha.

 

En segundo lugar, debo aprender a fijar mi atención en el momento que estoy viviendo, no en el que ya pasó o en el que está por venir. He dedicado mucha energía a comparar mi soledad actual con la compañía que alguna vez tuve, con la que podría tener o con la que algún día llegará, y a causa de ello termino concentrándome en momentos que, o ya han pasado, o no han llegado, y dejo de prestarle atención al instante más importante; mi presente. Es decir, esperando ese “gran” momento del mañana desaprovecho el hoy.

 

Me sentí satisfecho por haber podido pensar eso, sin embargo, después de un pequeño rato se me ocurrió que también era necesario entender qué es soledad y qué es compañía. Entonces continué reflexionando:

 

¿Qué significan esas dos palabras? Entiendo por soledad el no estar con alguien cerca, aunque también me puedo sentir solo teniendo gente alrededor. Cuando estoy con alguien puedo decir que estoy acompañado, pero ¿a partir de qué momento dejo de estar con alguien? Si me encontrara con Dina, la tengo abrazada y le estoy hablando, podría decir que estoy en compañía de ella, si nos distanciamos un par de metros y continuamos hablando, podría decir que sigo con ella. ¿En qué momento dejamos de estar juntos?

 

Si nos separamos varios kilómetros de distancia, sí podríamos decir que ya no estamos juntos, ¿por qué?, treinta kilómetros o dos metros, ambos siguen siendo una medida, y de cualquier manera ya perdí el contacto físico con ella, ¿será a causa del no poder interactuar?

 

Sin embargo, si me encontrara con ella acostado en la misma cama, no le estoy mirando, ni hablando, ni tocando, y en ese momento alguien me pregunta por teléfono si estoy con alguien, probablemente respondería que sí. Entonces no necesito interactuar para sentirme en compañía.

 

Si ella se acabara de ir a trabajar y estuviera a menos de diez metros de la casa, y alguien me llama para preguntarme lo mismo, seguramente contestaría que no. Entonces ¿cuál es la diferencia? ¿El que los dos no nos encontremos dentro de esa estructura llamada alcoba o casa? Pero sí estamos dentro del mismo vecindario, país, planeta y universo.

 

Si me comunicara vía Internet con ella, ¿estamos juntos o no? Si estoy hablándole, escuchándole y observándole a través de una pantalla, puedo decir que estamos interactuando, pero como nos separan cierta cantidad de kilómetros, entonces ¿estoy o no con ella? ¿Me puedo sentir en soledad a pesar de estar interactuando con alguien?, ¿o acompañado sin hablar con nadie y tal vez hasta sin tener a ninguna persona a la par?

 

Si me encuentro en un estadio rodeado de mucha gente, pero llegué allí sin ningún conocido, y me preguntan por teléfono si estoy solo, yo respondería afirmativamente, aunque en ese momento esté pasando a través de un tumulto y teniendo contacto físico con muchas personas. Incluso podría dirigirle la palabra a un hombre para pedirle que me venda un refresco y aun así sentir que estoy solo. ¿O podría sentir lo contrario si quisiera?

 

¿Será que todo es cuestión de interpretación? Yo pude en algún momento, llegar a mi casa creyendo erróneamente que Dina se encontraba durmiendo en la alcoba, si en ese instante me hubiesen buscado para preguntarme si me encuentro con alguien, yo hubiera respondido que sí, porque eso es lo que creo. Entonces, ¿será que todo depende de la actitud y de lo que se quiera creer?

 

Después de pensar en eso, me quedé nuevamente en silencio y unos instantes después pude responder:

 

“Soledad” y “compañía” podrían ser la misma cosa. Equivocadamente se utiliza esta última palabra para referirse al hecho de estar a cierta distancia de alguien, pero siempre estaré a cierta distancia de alguien. Lejos o cerca, es relativo.

 

Compañía no es estar lo suficientemente cerca de una persona como para poder interactuar, ya que también puedo comunicarme con quien se encuentra a muchos kilómetros de mí.

 

El poder ver, oír o sentir a otra persona tampoco son características indispensables de la compañía, ya que ésta puede existir aun en la oscuridad, el silencio y la distancia.

 

Siempre tendré la misma cantidad de soledad y de compañía, percibir una cosa u otra, depende de mí.

 

 

Comprender eso me ayudó a enfrentar la partida de Dina, al saber que podía seguir con ella todo el tiempo que quisiera.

 

Es decir, había entendido que -a pesar de ser necesario dejar de esperarla y extrañarla-, no tenía porqué dejar de estar con ella, ya que siempre se puede estar con las personas queridas, independientemente de poder o no, hablarles, mirarles y tocarles.

 

En ese momento supuse que quizás esa fue la enseñanza del destino cuando me mantuvo lejos de mis amigos; que de igual manera ellos estaban conmigo.

 

Al comprender que la compañía no se encuentra condicionada por la distancia, pude entender que el amor tampoco.

 

Cuando Dina era mi novia y me despedía de ella para ir al trabajo, yo sentía que seguía conmigo, pero porque estaba seguro de volverla a ver más tarde. Ahora, aunque nuestra relación había acabado, yo sabía que si deseaba, podía seguir sintiéndome junto a ella.

 

Eso no significa que me encontraba dispuesto a seguir eternamente enamorado de ella, lloriqueando y deseando su regreso. Más bien, estaba aprendiendo que el “estar” con alguien tiene muchas formas, y debía aceptar la de ese momento en vez de quejarme.

 

Después de pensar en todo eso me levanté del sillón, fui a mi alcoba y empecé a escribir algo que un rato después pegué en la pared de mi cuarto, con el fin de estarlo leyendo cuando me entristeciera, decía:

 

No debo establecer diferencias entre la soledad y la compañía, ambas son lo mismo percibido de manera diferente.

 

Nunca estoy solo, ya que siempre estoy con gente a mi alrededor, a unos pocos metros de distancia o a miles de kilómetros, en el mismo salón o en el mismo planeta.

 

Pero al mismo tiempo siempre estoy solo, porque nunca ninguna persona llega a fusionarse con mi ser.

 

Estoy con todos y al mismo tiempo no estoy con nadie, ya que soy parte del “todo”, pero por más que interactúe con alguien e influyamos uno sobre el otro, siempre seremos seres individuales, en ningún momento uno se adherirá al otro.

 

Cuando me aflija por la soledad en la cual me encuentro, pensaré que siempre cuento con la presencia de mí mismo. Debo valorar mi propia compañía antes de recibir la de otros, para así no perderme por encontrar a alguien.

 

Caminaré conmigo a través de mi soledad que en realidad es compañía, y cuando me encuentre acompañado recordaré que siempre estoy solo.

 

No volveré a confundir compañía con cercanía y mucho menos con felicidad, porque cometería el gran error de ver la soledad como sinónima de tristeza.

 

Dejaré de considerar la compañía y la soledad como un objetivo o algo a evitar, sino como momentos que la vida me ofrece; con la misma disposición que acepte uno, aceptaré el otro. De esa manera, nadie me engañará brindándome falsa compañía.

 

Al terminar de escribir esas líneas, las leí con detenimiento y un rato después me dije a manera de conclusión:

 

Hay momentos para estar a solo, y momentos para estar acompañado, nada más, y ninguna situación es mejor que la otra.

 

Pero esa conclusión la asimilé mejor, cuando un rato después surgió de nuevo una voz en mi mente -dándome la idea con la cual debía finalizar lo que había escrito-, diciendo:

 

“Nadie vino para quedarse eternamente... quien llega, en algún momento tendrá que partir”

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 4

Después de haber meditado tanto, me convencía más de que las cosas no suceden por casualidad; la vida se puso de acuerdo para dejarme en soledad con el fin de que yo la sintiera en carne propia, y así aprendiera a vivir con ella en vez de buscar un escape falso.

 

Posteriormente a mi reflexión sobre la soledad y la compañía, mi mente estaba un poco más clara, por lo cual me di cuenta de que inconscientemente, mi interés por salir con algunas personas, hasta cierto punto era ir con ellos a algún bar juvenil de mala muerte, en el cual pudiera tomar licor en exceso, oír música a un volumen ensordecedor y quizás conocer a una mujer con quien aliviar mi angustia mediante sexo. Todo para saturar mi mente y olvidar mi aflicción. Pero esa fuerza guiadora de mi vida, consideró preferible que yo me encontrara a mí mismo en soledad, en vez de perderme por buscar compañía.

 

Además, el tener la mente más clara, me llevó a pensar que tal vez la supuesta soledad de diciembre, era simplemente verdadera compañía. Esto, porque ciertas personas estaban dispuestas a verme cuando yo quisiera; mi hermana, mis abuelos, mi madre y su esposo. Aunque en el momento no lo noté, todos hubieran recibido mi visita cualquier día, pero ellos no estaban interesados en ir a un bar donde hubiera un inaguantable olor a tabaco y marihuana, música barata a todo volumen y muchas personas deseosas de apagar sus problemas con sexo y alcohol. Al parecer, sin estar del todo conciente de ello, eso era lo que yo deseaba.

 

No quiero decir que las personas con quienes no pude salir no fuesen verdadera compañía, sí lo eran, pero a casi todos los busqué con el fin de tener con quien ir a algún bar, y no precisamente para conversar un rato, sino más bien para escapar de mí mismo temporalmente.

 

Nada fue casualidad, todo sucedió por un motivo especial. No sé cómo explicar eso que dirigió mi vida hacia un determinado rumbo, para enseñarme el valor de la soledad y no dejarme caer en el escape que buscaba para según yo, olvidarme de Dina. Algunos le podrían llamar Dios, otros quizás dirán que es la misma vida. Alguien tal vez lo vea como una energía desconocida que puede ayudarnos en ciertas ocasiones.

 

Pienso que aparte de eso, puede ser también el poder de la mente, la cual es capaz de encaminarnos hacia lo que en el fondo de nosotros sabemos, es más importante. Muy en mis adentros, sabía que era preferible aprender a convivir con la soledad en vez de pasarme la vida evadiéndola.

 

Sin embargo, en esos momentos de confusión, estaba muy influenciado por mi dolor como para reflexionar al respecto. Pero esa fuerza inexplicable para mí, me empujó hacia lo más adecuado.

 

No sé cuál es el motivo de ese cúmulo de “casualidades” que a veces intentan dirigirnos hacia un objetivo, me parece bastante difícil el acontecimiento de muchos sucesos relacionados, únicamente por pura coincidencia.

 

De hecho, esas supuestas casualidades no ocurrieron sólo cuando terminé con Dina, también hubo algunas bastante curiosas, mientras estuvimos juntos e incluso antes de empezar nuestra relación, o sea, cuando acabábamos de empezar nuestra carrera y nos veníamos conociendo. En relación con eso hay una historia interesante.

 

Cuando ingresé a la universidad a estudiar sicología, estaba tan entusiasmado con ello que por primera vez en mucho tiempo me propuse dejar de pensar en relaciones de pareja. En ocasiones anteriores yo sentía muchos deseos de tener una novia con la cual compartir, pero por algún motivo todas mis relaciones eran problemáticas o demasiado vacías. Por lo cual, frecuentemente soñaba con conocer a alguien especial a quien pudiera querer. Al decidirme a estudiar esa carrera tan apasionante para mí, me dije:

 

De ahora en adelante, dejaré de pensar tanto en hacerme de una novia para concentrarme en mi carrera. Si llegara a tener una relación tendría que ser con alguien de la misma universidad, para tener mayor facilidad de verla. No pienso gastar tiempo viajando hacia algún lugar muy lejano con el fin de verle, sabiendo que podría estar empleándolo en mis estudios.

 

Sin embargo, no voy a la universidad a buscar novia, voy a estudiar, debo tener eso presente. Si de forma espontánea aparece alguien, está bien, pero si no es así, no importa.

 

En esos días fue fabuloso sentir como, sin el menor esfuerzo, podía cumplir lo que me había propuesto. Desde varias semanas antes de entrar a la universidad había dejado por completo, de pensar en relaciones de pareja, situación que era poco usual en mí. Al llegar el primer día de clases fue igual, la mayoría de compañeras eran mujeres, algunas estaban muy guapas, y aun así ni siquiera me pasaba la idea por la mente.

 

Creo que eso sucedió gracias a la felicidad producida por estar estudiando una carrera tan hermosa para mí. Lo que antes había intentado llenar inútilmente con relaciones de pareja, ahora estaba empezando a hacerlo mediante el interés en una profesión.

 

A la salida del segundo día de clases conocí a Dina, le hablé con la simple intención de conversar, ahí descubrimos que habíamos matriculado las mismas materias.

 

Al día siguiente, cuando acababa de subirme al autobús para ir a la universidad, pensé:

 

Ahora veré en clases a Dina... mmm, algo me dice que voy a terminar enamorado.

 

No sé por qué surgió esa ocurrencia en mí, cuando hablé con ella el día anterior, en ningún momento pensé en nada parecido. Pero lo más sorprendente fue que justo en ese instante, levanté la vista y ahí estaba Dina pagándole el pasaje al chofer. Esa fue la primera gran “coincidencia”; topármela justo cuando estaba pensando en ella.

 

Se sentó junto a mí y muchas más “coincidencias” surgieron cuando empezamos a hablar; nos gustaba la misma música, odiábamos las mismas cosas, opinábamos igual acerca de la religión, la política, los deportes, la televisión, las costumbres populares, la sexualidad, las relaciones familiares y muchas otras cosas, lo cual nos asombró, ya que ambos éramos personas bastante radicales en algunos de nuestros planteamientos, por lo cual, siempre nos había resultado difícil encontrar gente con formas de pensar similares a las nuestras. Sin embargo, por alguna asombrosa razón éramos muy similares en casi todo.

 

Después de eso, estuvimos varios días hablando únicamente como amigos y sorprendiéndonos de ver cuánto nos parecíamos.

 

La primer semana de nuestro noviazgo yo le conté que cuando nos topamos en el autobús, yo venía pensando en ella como una persona de la cual me enamoraría, y que ahora, lo más curioso para mí era, no sólo haberla visto ahí ese momento, sino también el haber empezado posteriormente, una relación de pareja con ella. Al terminar de contarle, Dina respondió asombrada:

 

_ No lo puedo creer

_ ¿Por qué? -respondí-

_Porque yo también venía pensando en ti justo cuando me saludaste en el autobús.

_ ¿En serio? ¿Qué estabas pensando?

_Solamente recordando cuando estuvimos hablando el día anterior, y me sorprendí de verte ahí.

 

Al terminar esa conversación ambos quedamos atónitos. Nos parecía una “gran casualidad” venir pensando uno en el otro justo cuando nos topamos, y al hablarnos descubrir que ninguno de los dos, nunca habíamos conocido a alguien con quien tuviésemos tanto en común.

 

Después, esa idea de las “grandes casualidades” era reforzada constantemente al descubrirnos muchas características de personalidad similares. También al contarnos lo que uno opinó del otro cuando nos vimos por vez primera en clases; antes de hablarnos, a ambos nos pareció que el otro tenía un carácter poco agradable.

 

Durante la relación sucedieron algunas cosas bastante extrañas, pareciendo ir más allá de la coincidencia, como que -sin habernos avisado ni hablar nada-, nos hiciéramos un regalo uno al otro el mismo día, y lo más curioso de todo, nos obsequiamos la mis

Publicado por jacintoluque @ 22:07
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