Viernes, 12 de marzo de 2010
ÍNDICE
SÓLO SE NECESITA MIEDO
¿AVISARÍAS A LOS PERSONAJES DE TU SUEÑO?
EL EREMITA ASTUTO
SÉ COMO UN MUERTO
UNA BROMA DEL MAESTRO
PUREZA DE CORAZÓN
LA NIÑA Y EL ACRÓBATA
SOY TÚ
LA ELOCUENCIA DEL SILENCIO
EL BARQUERO INCULTO
LAS PESCADORAS
NI TÚ NI YO SOMOS LOS MISMOS
EL COOLI DE CALCUTA
EL VIAJERO SEDIENTO
EL TIGRE QUE BALABA
LA LLAVE DE LA FELICIDAD
UNA INSENSATA BÚSQUEDA
UN PRESO SINGULAR
DE INSTANTE EN INSTANTE
EL ATOLLADERO
EL BRAHMÍN ASTUTO
EL PERRO ATERRADO Y LA PERCEPCIÓN ERRÓNEA
PLEITO A LA LUZ
LA VERDAD... ¿ES LA VERDAD?
EL HOMBRE ECUÁNIME
LA MADERA DE SÁNDALO
SI DAÑAS, ME DAÑAS
EL PEZ Y LA TORTUGA
UNA CAÑA DE BAMBÚ PARA EL MÁS TONTO
LA PALOMA Y LA ROSA
LOS BRAZALETES DE ORO
UN YOGUI AL BORDE DEL CAMINO
EL CONDUCTOR BORRACHO
CADA HOMBRE UNA DOCTRINA
EL MARIDO DESCONFIADO
LOS MONOS
UN ERMITAÑO EN LA CORTE
NASRUDÍN VISITA LA INDIA
IGNORANCIA
EL ANCIANO Y EL NIÑO
EL LIBERADO-VIVIENTE Y EL BUSCADOR
EL FALSO MAESTRO
SI HUBIERA TENIDO UN POCO MÁS DE TIEMPO
EL LORO QUE PIDE LIBERTAD
DOCE AÑOS DESPUÉS
EL CONTRABANDISTA
UN SANTUARIO MUY ESPECIAL
MEDICINA PARA CURAR EL ÉXTASIS
EL GURÚ FALAZ
LA IMPERTURBABILIDAD DEL BUDA
LAS DOS RANAS
LOS SUEÑOS DEL REY
LO ESENCIAL Y LO TRIVIAL
EL ASCETA Y LA PROSTITUTA
¿DÓNDE ESTÁ EL DÉCIMO HOMBRE?
ACTITUD DE RENUNCIA
DEPENDE DE QUIEN PROCEDA LA ORDEN
EL INCRÉDULO
LA OLLA DE BARRO
MÁS ALLÁ DE LAS DIFERENCIAS
EL PARIA SABIO
TODO LO QUE EXISTE ES DIOS
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LOS DOS MÍSTICOS
LA DISPUTA
MI HIJO ESTÁ CONMIGO
LA TORTUGA Y LA ARGOLLA
CONOCERSE A UNO MISMO
LAS FANTASÍAS DE UNA ABEJA
LA NATURALEZA DE LA MENTE
LOS ERUDITOS
LA ACTITUD INTERIOR
DIEZ AÑOS DESPUÉS
EL PASTOR DISTRAÍDO
EL RECLUSO
LOS DOS AMIGOS
LOS DOS SADHUS
ANSIA
LOS ORFEBRES
EL ERMITAÑO Y EL BUSCADOR
LOS DESIGNIOS DEL KARMA
VIAJE AL CORAZÓN
EL ARTE DE LA OBSERVACIÓN
¿POR QUIÉN DEBO AFLIGIRME?
EL GRANO DE MOSTAZA
LA ENSEÑANZA DEL SABIO VEDANTÍN
¿Y QUIÉN TE ATA?
EL POBRE IGNORANTE
EL LADRÓN POLICÍA
EL DESENCANTO
EL PODER DEL MANTRA
SIGUE ADELANTE
¿HASTA CUÁNDO DORMIDO?
EL HOMBRE QUE SE DISFRAZÓ DE BAILARINA
OCHO ELEFANTES BLANCOS
UNA PARTÍCULA DE VERDAD
EL REY DE LOS MONOS
MAÑANA TE LO DIRÉ
LEALTAD
EL YOGUI TÁNTRICO
EL MENDICANTE GOLPEADO
LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE

SÓLO SE NECESITA MIEDO
Había un rey de corazón puro y muy interesado por la búsqueda espiritual. A menudo se hacía visitar por  yoguis y maestros místicos que pudieran proporcionarle prescripciones y métodos para su evolución interna. Le llegaron noticias de un asceta muy sospechoso y entonces decidió hacerlo llamar para ponerlo a prueba.
El asceta se presentó ante el monarca, y éste, sin demora, le dijo: --¡O demuestras que eres un renunciante auténtico o te haré ahorcar!
El asceta dijo:
--Majestad, os juro y aseguro que tengo visiones muy extrañas y sobrenaturales. Veo un ave dorada en el cielo y demonios bajo la tierra.
!Ahora mismo los estoy viendo! ¡Sí, ahora mismo!
--¿Cómo es posible -inquirió el rey- que a través de estos espesos muros puedas ver lo que dices en el cielo y bajo tierra?
Y el asceta repuso: --Sólo se necesita miedo.
*El Maestro dice: Caminar hacia la Verdad es más difícil que hacerlo por el filo de la navaja, por eso sólo
algunos se comprometen con la Búsqueda.

¿AVISARÍAS A LOS PERSONAJES DE TU SUEÑO?
El discípulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos de la Liberación y de aquellos
que la alcanzan. Departieron durante horas. Por último, el discípulo le preguntó al maestro:
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--¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a pesar de las terribles
tragedias que padece la humanidad?
El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo, y le explicó:
--Tú estás durmiendo. Supóntelo.
Sueñas que vas en un barco con otros muchos pasajeros. De repente, el barco encalla y comienza a hundirse.
Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo te hago es: ¿Acaso te duermes rápidamente de nuevo para
avisar a los personajes de tu sueño?
*El Maestro dice: El ser liberado es como una flor que no deja de exhalar su aroma y, suceda lo que suceda,
no se marchita.

EL EREMITA ASTUTO
Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y su rostro aparecía
surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida. Pero su mente continuaba siendo sagaz y
despierta y su cuerpo flexible como un lirio. Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había
obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos. Pero, a
pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego. La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el
Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino. El
ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en
el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya. Cuando llegó el emisario de la
muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero,
no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo. Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a
Yama y le expuso lo acontecido.
Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído
del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión. Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente
circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño. De nuevo,
el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario. En
unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas
idénticas a la suya.
El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales.
Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:
--Muy bien, pero que muy bien.
!Qué gran proeza!
Y tras un breve silencio, agregó:
--Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo.
Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:
--¿Cuál?
Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas
esferas de la muerte.
*El Maestro dice: El ego abre el camino hacia la muerte y nos hace vivir de espaldas a la realidad del Ser. Sin
ego, eres el que jamás has dejado de ser.

SÉ COMO UN MUERTO
Era un venerable maestro. En sus ojos había un reconfortante destello de paz permanente. Sólo tenía un
discípulo, al que paulatinamente iba impartiendo la enseñanza mística. El cielo se había teñido de una hermosa
tonalidad de naranja-oro, cuando el maestro se dirigió al discípulo y le ordenó:
--Querido mío, mi muy querido, acércate al cementerio y, una vez allí, con toda la fuerza de tus pulmones,
comienza a gritar toda clase de halagos a los muertos.
El discípulo caminó hasta un cementerio cercano. El silencio era sobrecogedor. Quebró la apacible atmósfera
del lugar gritando toda clase de elogios a los muertos. Después regresó junto a su maestro.
--¿Qué te respondieron los muertos? -preguntó el maestro.
--Nada dijeron.
--En ese caso, mi muy querido amigo, vuelve al cementerio y lanza toda suerte de insultos a los muertos.
El discípulo regresó hasta el silente cementerio. A pleno pulmón, comenzó a soltar toda clase de improperios
contra los muertos. Después de unos minutos, volvió junto al maestro, que le preguntó al instante:
--¿Qué te han respondido los muertos?
--De nuevo nada dijeron -repuso el discípulo.
Y el maestro concluyó:
--Así debes ser tú: indiferente, como un muerto, a los halagos y a los insultos de los otros.
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*El Maestro dice: Quien hoy te halaga, mañana te puede insultar y quien hoy te insulta, mañana te puede
halagar. No seas como una hoja a merced del viento de los halagos e insultos. Permanece en ti mismo más
allá de unos y de otros.

UNA BROMA DEL MAESTRO
Había en un pueblo de la India un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable a
la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los
confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para
los demás, no dudó en aceptar. El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud
de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los
aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se
presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:
--Amigos, ¿sabéis de qué voy a hablaros?
--No -contestaron.
--En ese caso -dijo-, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes que de nada podría hablarles que mereciera
la pena. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la palabra.
Los asistentes, desorientados, se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y decidieron reclamar
nuevamente las palabras del santo.
El hombre no dudó en acudir hasta ellos y les preguntó:
--¿Sabéis de qué voy a hablaros?
--Sí, lo sabemos -repusieron los aldeanos.
--Siendo así -dijo el santo-, no tengo nada que deciros, porque ya lo sabéis. Que paséis una buena noche,
amigos.
Los aldeanos se sintieron burlados y experimentaron mucha indignación.
No se dieron por vencidos, desde luego, y convocaron de nuevo al hombre santo. El santo miró a los asistentes
en silencio y calma. Después, preguntó:
--¿Sabéis, amigos, de qué voy a hablaros?
No queriendo dejarse atrapar de nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta:
--Algunos lo sabemos y otros no.
Y el hombre santo dijo:
--En tal caso, que los que saben transmitan su conocimiento a los que no saben.
Dicho esto, el hombre santo se marchó de nuevo al bosque.
*El Maestro dice: Sin acritud, pero con firmeza, el ser humano debe velar por sí mismo.
PUREZA DE CORAZÓN
Se trataba de dos ermitaños que vivían en un islote cada uno de ellos. El ermitaño joven se había hecho muy
célebre y gozaba de gran reputación, en tanto que el anciano era un desconocido. Un día, el anciano tomó una
barca y se desplazó hasta el islote del afamado ermitaño. Le rindió honores y le pidió instrucción espiritual. El
joven le entregó un mantra y le facilitó las instrucciones necesarias para la repetición del mismo. Agradecido, el
anciano volvió a tomar la barca para dirigirse a su islote, mientras su compañero de búsqueda se sentía muy
orgulloso por haber sido reclamado espiritualmente. El anciano se sentía muy feliz con el mantra.
Era una persona sencilla y de corazón puro. Toda su vida no había hecho otra cosa que ser un hombre de
buenos sentimientos y ahora, ya en su ancianidad, quería hacer alguna práctica metódica.
Estaba el joven ermitaño leyendo las escrituras, cuando, a las pocas horas de marcharse, el anciano regresó.
Estaba compungido, y dijo:
--Venerable asceta, resulta que he olvidado las palabras exactas del mantra. Siento ser un pobre ignorante.
¿Puedes indicármelo otra vez?
El joven miró al anciano con condescendencia y le repitió el mantra.
Lleno de orgullo, se dijo interiormente: “Poco podrá este pobre hombre avanzar por la senda hacia la Realidad
si ni siquiera es capaz de retener un mantra”. Pero su sorpresa fue extraordinaria cuando de repente vio que el
anciano partía hacia su islote caminando sobre las aguas.
*El Maestro dice: No hay mayor logro que la pureza de corazón. ¿Qué no puede obtenerse con un corazón
limpio?

LA NIÑA Y EL ACRÓBATA
Era una niña de ojos grandes como lunas, con la sonrisa suave del amanecer. Huérfana siempre desde que
ella recordara, se había asociado a un acróbata con el que recorría, de aquí para allá, los pueblos hospitalarios
de la India. Ambos se habían especializado en un número circense que consistía en que la niña trepaba por un
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largo palo que el hombre sostenía sobre sus hombros. La prueba no estaba ni mucho menos exenta de
riesgos.
Por eso, el hombre le indicó a la niña:
--Amiguita, para evitar que pueda ocurrirnos un accidente, lo mejor será que, mientras hacemos nuestro
número, yo me ocupe de lo que tú estás haciendo y tú de lo que estoy haciendo yo.
De ese modo no correremos peligro, pequeña.
Pero la niña, clavando sus ojos enormes y expresivos en los de su compañero, replicó:
--No, Babu, eso no es lo acertado. Yo me ocuparé de mí y tú te ocuparás de ti, y así, estando cada uno muy
pendiente de lo que uno mismo hace, evitaremos cualquier accidente.
*El Maestro dice: Permanece vigilante de ti y libra tus propias batallas en lugar de intervenir en las de otros.
Atento de ti mismo, así avanzarás seguro por la vía hacia la Liberación definitiva.
SOY TÚ
Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las
chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.
--¿Quién es? -preguntó el yogui.
--Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.
--No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y
medita. Medita sin descanso.
Luego, regresa y te daré instrucción. Al principio, el discípulo se desanimó, pero era un verdadero buscador,
de esos que no ceden en su empeño y rastrean la verdad aun a riesgo de su vida. Así que obedeció al yogui.
Buscó una cueva en la falda de la montaña y durante un año se sumió en meditación profunda. Aprendió a
estar consigo mismo; se ejercitó en el Ser.
Sobrevinieron las lluvias del monzón. Por ellas supo el discípulo que había transcurrido un año desde que
llegara a la cueva. Abandonó la misma y se puso en marcha hacia la casita del maestro. Llamó a la puerta.
--¿Quién es? -preguntó el yogui.
--Soy tú -repuso el discípulo.
--Si es así -dijo el yogui-, entra. No había lugar en esta casa para dos yoes.
*El Maestro dice: Más allá de la mente y el pensamiento está el Ser.
Y en el Ser todos los seres.

LA ELOCUENCIA DEL SILENCIO
Un padre deseaba para sus dos hijos la mejor formación mística posible.
Por ese motivo, los envió a adiestrarse espiritualmente con un reputado maestro de la filosofía vedanta.
Después de un año, los hijos regresaron al hogar paterno. El padre preguntó a uno de ellos sobre el Brahmán,
y el hijo se extendió sobre la Deidad haciendo todo tipo de ilustradas referencias a las escrituras, textos
filosóficos y enseñanzas metafísicas. Después, el padre preguntó sobre el Brahmán al otro hijo, y éste se limitó
a guardar silencio.
Entonces el padre, dirigiéndose a este último, declaró:
--Hijo, tú sí que sabes realmente lo que es el Brahmán.
*El Maestro dice: La palabra es limitada y no puede nombrar lo innombrable.

EL BARQUERO INCULTO
Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó
una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves
surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
--Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
--No, señor -repuso el barquero.
--Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El
joven preguntó al barquero:
--Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
--No, señor, no sé nada de plantas.
--Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas
del río. Entonces el joven preguntó:
--Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas.
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?Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?
--No, señor, nada sé al respecto.
No sé nada de estas aguas ni de otras.
--¡Oh, amigo! -exclamó el joven-.
De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a
hundirse. El barquero preguntó al joven:
--Señor, ¿sabes nadar?
--No -repuso el joven.
--Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.
*El Maestro dice: No es a través del intelecto como se alcanza el Ser: el pensamiento no puede comprender al
pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría*.

LAS PESCADORAS
Se trataba de un grupo de pescadoras. Después de concluida la faena, se pusieron en marcha hacia sus
respectivas casas. El trayecto era largo y, cuando la noche comenzaba a caer, se desencadenó una violenta
tormenta.
Llovía tan torrencialmente que era necesario guarecerse. Divisaron a lo lejos una casa y comenzaron a correr
hacia ella. Llamaron a la puerta y les abrió una hospitalaria mujer que era la dueña de la casa y se dedicaba al
cultivo y venta de flores. Al ver totalmente empapadas a las pescadoras, les ofreció una habitación para que
tranquilamente pasaran allí la noche.
Era una amplia estancia donde había una gran cantidad de cestas con hermosas y muy variadas flores,
dispuestas para ser vendidas al siguiente día.
Las pescadoras estaban agotadas y se pusieron a dormir. Sin embargo, no lograban conciliar el sueño y
empezaron a quejarse del aroma de las flores: “!Qué peste! No hay quien soporte este olor. Así no hay quien
pueda dormir”. Entonces una de ellas tuvo una idea y se la sugirió a sus compañeras:
--No hay quien aguante esta peste, amigas, y, si no ponemos remedio, no vamos a poder pegar un ojo. Coged
las canastas de pescado y utilizadlas como almohada y así conseguiremos evitar este desagradable olor.
Las mujeres siguieron la sugerencia de su compañera. Cogieron las cestas malolientes de pescado y
apoyaron las cabezas sobre ellas. Apenas había pasado un minuto y ya todas ellas dormían profundamente.
*El Maestro dice: Por ignorancia y ausencia de entendimiento correcto, el ser humano se pierde en las
apariencias y no percibe lo Real.

NI TÚ NI YO SOMOS LOS MISMOS
El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y
desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre
celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca
desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del
Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido permaneció impasible,
sin perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente.
Muy sorprendido, Devadatta preguntó:
--¿No estás enfadado, señor?
--No, claro que no.
Sin salir de su asombro, inquirió:
--¿Por qué?
Y el Buda dijo:
--Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.
*El Maestro dice: Para el que sabe ver, todo es transitorio: para el que sabe amar, todo es perdonable.

EL COOLI DE CALCUTA
Un buscador occidental llegó a Calcuta. En su país había recibido noticias de un elevado maestro espiritual
llamado Baba Gitananda. Después de un agotador viaje en tren de Delhi a Calcuta, en cuanto abandonó la
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abigarrada estación de la ciudad, se dirigió a un cooli para preguntarle sobre Baba Gitananda. El cooli nunca
había oído hablar de este hombre.
El occidental preguntó a otros coolíes, pero tampoco habían escuchado nunca ese nombre. Por fortuna, y
finalmente, un cooli, al ser inquirido, le contestó:
--Sí, señor, conozco al maestro espiritual por el que preguntáis.
El extranjero contempló al cooli.
Era un hombre muy sencillo, de edad avanzada y aspecto de pordiosero.
--¿Estás seguro de que conoces a Baba Gitananda? -preguntó, insistiendo.
--Sí, lo conozco bien -repuso el cooli.
--Entonces, llévame hasta él.
El buscador occidental se acomodó en el carrito y el cooli comenzó a tirar del mismo. Mientras era
transportado por las atestadas calles de la ciudad, el extranjero se decía para sus adentros: “Este pobre
hombre no tiene aspecto de conocer a ningún maestro espiritual y mucho menos a Baba Gitananda. Ya
veremos dónde termina por llevarme”.
Después de un largo trayecto, el cooli se detuvo en una callejuela tan estrecha por la que apenas podía casi
pasar el carrito. Jadeante por el esfuerzo y con voz entrecortada, dijo:
--Señor, voy a mirar dentro de la casa. Entrad en unos instantes.
El occidental estaba realmente sorprendido. ¿Le habría conducido hasta allí para robarle o, aún peor, incluso
para que tal vez le golpearan o quitaran la vida? Era en verdad una callejuela inmunda. ¿Cómo iba a vivir allí
Baba Gitananda ni ningún mentor espiritual? Vaciló e incluso pensó en huir. Pero, recurriendo a todo su coraje,
se decidió a bajar del carrito y entrar en la casa por la que había penetrado el cooli. Tenía miedo, pero trataba
de sobreponerse. Atravesó un pasillo que desembocaba en una sala que estaba en semipenumbra y donde
olía a sándalo. Al fondo de la misma, vio la silueta de un hombre en meditación profunda. Lentamente se fue
aproximando al yogui, sentado en posición de loto sobre una piel de antílope y en actitud de meditación.
!Cuál no sería su sorpresa al comprobar que aquel hombre era el cooli que le había conducido hasta allí! A
pesar de la escasa luz de la estancia, el occidental pudo ver los ojos amorosos y calmos del cooli, y contemplar
el lento movimiento de sus labios al decir:
--Yo soy Baba Gitananda. Aquí me tienes, amigo mío.
*El Maestro dice: Porque tenemos la mente llena de prejuicios, convencionalismo y toda clase de ideas
preconcebidas, se perturba nuestra visión y se distorsiona nuestro discernimiento.

EL VIAJERO SEDIENTO
Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la
India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.
Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino,
decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los
viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy
cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:
--¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!
Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed,
impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los
viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió
con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se
dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:
--¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!
*El Maestro dice: La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas
imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

EL TIGRE QUE BALABA
Al atacar a un rebaño, una tigresa dio a luz y poco después murió. El cachorro creció entre las ovejas y llegó
él mismo a tomarse por una de ellas, y como una oveja llegó a ser considerado y tratado por el rebaño.
Era sumamente apacible, pacía y balaba, ignorando por completo su verdadera naturaleza. Así transcurrieron
algunos años.
Un día llegó un tigre hasta el rebaño y lo atacó. Se quedó estupefacto cuando comprobó que entre las ovejas
había un tigre que se comportaba como una oveja más. No pudo por menos que decirle:
--Oye, ¿por qué te comportas como una oveja, si tú eres un tigre?
Pero el tigre-oveja baló asustado.
Entonces el tigre lo condujo ante un lago y le mostró su propia imagen.
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Pero el tigre-oveja seguía creyéndose una oveja, hasta tal punto que cuando el tigre recién llegado le dio un
trozo de carne ni siquiera quiso probarla.
--Pruébala -le ordenó el tigre.
Asustado, sin dejar de balar, el tigre-oveja probó la carne. En ese momento la carne cruda desató sus instintos
de tigre y reconoció de golpe su verdadera y propia naturaleza.
*El Maestro dice: El ser humano común está tan identificado con la burda máscara de su personalidad y su
ego que desconoce su genuina y real naturaleza.

LA LLAVE DE LA FELICIDAD
El Divino se sentía solo y quería hallarse acompañado. Entonces decidió crear unos seres que pudieran
hacerle compañía. Pero cierto día, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el
Divino y se reabsorbieron a Él.
Dios se quedó triste, nuevamente solo. Reflexionó. Pensó que había llegado el momento de crear al ser
humano, pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad, encontrar el camino hacia Él y volver a
quedarse solo. Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el
hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde el hombre no
pudiese hallarla. Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar; luego, en una caverna de los Himalayas;
después, en un remotísimo confín del espacio sideral. Pero no se sintió satisfecho con estos lugares. Pasó toda
la noche en vela, preguntándose cual sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. Pensó que el
hombre terminaría descendiendo a lo más abismal de los océanos y que allí la llave no estaría segura.
Tampoco lo estaría en una gruta de los Himalayas, porque antes o después hallaría esas tierras. Ni siquiera
estaría bien oculta en los vastos espacios siderales, porque un día el hombre exploraría todo el universo.
“?Dónde ocultarla?”, continuaba preguntándose al amanecer. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma
matutina, al Divino se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad:
dentro del hombre mismo. Creó al ser humano y en su interior colocó la llave de la felicidad.
*El Maestro dice: Busca dentro de ti mismo. “Desafía” a Dios y róbale la suprema felicidad.

UNA INSENSATA BÚSQUEDA
Una mujer estaba buscando afanosamente algo alrededor de un farol. Entonces un transeúnte pasó junto a ella
y se detuvo a contemplarla. No pudo por menos que preguntar:
--Buena mujer, ¿qué se te ha perdido?, ¿qué buscas?
Sin poder dejar de gemir, la mujer, con la voz entrecortada por los sollozos, pudo responder a duras penas:
--Busco una aguja que he perdido en mi casa, pero como allí no hay luz, he venido a buscarla junto a este
farol.
*El Maestro dice: No quieras encontrar fuera de ti mismo lo que sólo dentro de ti puede ser hallado.
UN PRESO SINGULAR
Era un hombre que había sido encarcelado. A través de un ventanuco enrejado que había en su celda
gustaba de mirar al exterior. Todos los días se asomaba al ventanuco, y, cada vez que veía pasar a alguien al
otro lado de las rejas, estallaba en sonoras e irrefrenables carcajadas. El guardián estaba realmente
sorprendido. Un día ya no pudo por menos que preguntar al preso:
--Oye, hombre, ¿a qué vienen todas esas risotadas día tras día?
Y el preso contestó:
--¿Cómo que de qué me río? ¡Pero estás ciego! Me río de todos esos que hay ahí. ¿No ves que están presos
detrás de estas rejas?
*El Maestro dice: Por falta de discernimiento puro, no sólo estás en cautiverio, sino que ni siquiera llegas a
darte cuenta de que lo estás.

DE INSTANTE EN INSTANTE
Era un yogui muy anciano. Ni siquiera él mismo recordaba sus años, pero había mantenido la consciencia
clara como un diamante, aunque su rostro estaba apergaminado y su cuerpo se había tornado frágil como el de
un pajarillo. Al despuntar el día se hallaba efectuando sus abluciones en las frescas aguas del río. Entonces
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llegaron hasta él algunos aspirantes espirituales y le preguntaron qué debían hacer para adiestrarse en la
verdad. El anciano los miró con infinito amor y, tras unos segundos de silencio pleno, dijo:
--Yo me aplico del siguiente modo: Cuando como, como; cuando duermo, duermo; cuando hago mis
abluciones, hago mis abluciones, y cuando muero, muero.
Y al concluir sus palabras, se murió, abandonando junto a la orilla del río su decrépito cuerpo.
*El Maestro dice: La verdad no es una abstracción ni un concepto. Cuando la actitud es la correcta, la verdad
se cultiva aquí y ahora, de instante en instante.

EL ATOLLADERO
He aquí que un hombre entró en una pollería. Vio un pollo colgado y, dirigiéndose al pollero, le dijo:
--Buen hombre, tengo esta noche en casa una cena para unos amigos y necesito un pollo. ¿Cuánto pesa
éste?
El pollero repuso:
--Dos kilos, señor.
El cliente meció ligeramente la cabeza en un gesto dubitativo y dijo:
--Éste no me vale entonces. Sin duda, necesito uno más grande.
Era el único pollo que quedaba en la tienda. El resto de los pollos se habían vendido. El pollero, empero, no
estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión. Cogió el pollo y se retiró a la trastienda, mientras iba explicando al
cliente:
--No se preocupe, señor, enseguida le traeré un pollo mayor.
Permaneció unos segundos en la trastienda. Acto seguido apareció con el mismo pollo entre las manos, y dijo:
--Éste es mayor, señor. Espero que sea de su agrado.
--¿Cuánto pesa éste? -preguntó el cliente.
--Tres kilos -contestó el pollero sin dudarlo un instante.
Y entonces el cliente dijo:
--Bueno, me quedo con los dos.
*El Maestro dice: En un atolladero tal se halla todo aspirante espiritual cuando verdaderamente no se
compromete con la Búsqueda.

EL BRAHMÍN ASTUTO
Era en el norte de la India, allí donde las montañas son tan elevadas que parece como si quisieran acariciar
las nubes con sus picos. En un pueblecillo perdido en la inmensidad del Himalaya se reunieron un asceta, un
peregrino y un brahmín. Comenzaron a comentar cuánto dedicaban a Dios cada uno de ellos de aquellas
limosnas que recibían de los fieles. El asceta dijo:
--Mirad, yo lo que acostumbro a hacer es trazar un círculo en el suelo y lanzar las monedas al aire. Las que
caen dentro del círculo me las quedo para mis necesidades y las que caen fuera del círculo se las ofrendo al
Divino.
Entonces intervino el peregrino para explicar:
--Sí, también yo hago un círculo en el suelo y procedo de la misma manera, pero, por el contrario, me quedo
para mis necesidades con las monedas que caen fuera del círculo y doy al Señor las que caen dentro del
mismo.
Por último habló el brahmín para expresarse de la siguiente forma:
--También yo, queridos compañeros, dibujo un círculo en el suelo y lanzo las monedas al aire. Las que no
caen, son para Dios y las que caen las guardo para mis necesidades.
*El Maestro dice: Así proceden muchas personas que se dicen religiosas. Tienen dos rostros y uno es todavía
más falso que el otro.

EL PERRO ATERRADO Y LA PERCEPCIÓN ERRÓNEA
Se trataba de un perro callejero.
Le gustaba curiosear todos los rincones e ir de aquí para allá. Siempre había sido un vagabundo y disfrutaba
mucho con su forma de vida. Pero en una ocasión penetró en un palacio cuyas paredes estaban recubiertas de
espejos. El perro entró corriendo en una de sus acristaladas estancias y al instante vio que innumerables
perros corrían hacia él en dirección opuesta a la suya. Aterrado, se volvió hacia la derecha para tratar de huir,
pero entonces comprobó que también había gran número de perros en esa dirección. Se volvió hacia la
izquierda y comenzó a ladrar despavorido. Decenas de perros, por la izquierda, le ladraban amenazantes.
Sintió que estaba rodeado de furiosos perros y que no tenía escapatoria. Miró en todas las direcciones y en
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todas contempló perros enemigos que no dejaban de ladrarle. En ese momento el terror paralizó su corazón y
murió víctima de la angustia.
*El Maestro dice: La percepción errónea conduce a la muerte espiritual. Sólo el discernimiento purificado abre
una vía hacia el despertar definitivo.

PLEITO A LA LUZ
He aquí que un día la oscuridad se percató de que la luz cada vez le estaba robando mayor espacio y decidió
entonces ponerle un pleito. Tiempo después, llegó el día marcado para el juicio. La luz se personó en la sala
antes de que lo hiciera la oscuridad.
Llegaron los respectivos abogados y el juez. Transcurrió el tiempo, pero la oscuridad no se presentaba. Todos
esperaron pacientemente, pero la oscuridad no aparecía. Finalmente, harto el juez y constatando que la parte
demandante no acudía, falló a favor de la luz. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo era posible que la oscuridad
hubiera puesto un pleito y no se hubiera presentado? Nadie salía de su asombro, aunque la explicación era
sencilla: la oscuridad estaba fuera de la sala, pero no se atrevió a entrar porque sabía que sería en el acto
disipada por la luz.
*El Maestro dice: La luz es consciencia y sabiduría, en tanto que la oscuridad es ofuscación y estrechez de
miras. Si te estableces en la sabiduría, ¿hay lugar para la ofuscación?*

LA VERDAD... ¿ES LA VERDAD?
El rey había entrado en un estado de honda reflexión durante los últimos días. Estaba pensativo y ausente. Se
hacía muchas preguntas, entre otras por qué los seres humanos no eran mejores. Sin poder resolver este
último interrogante, pidió que trajeran a su presencia a un ermitaño que moraba en un bosque cercano y que
llevaba años dedicado a la meditación, habiendo cobrado fama de sabio y ecuánime.
Sólo porque se lo exigieron, el eremita abandonó la inmensa paz del bosque.
--Señor, ¿qué deseas de mí? -preguntó ante el meditabundo monarca.
--He oído hablar mucho de ti -dijo el rey-. Sé que apenas hablas, que no gustas de honores ni placeres, que
no haces diferencia entre un trozo de oro y uno de arcilla, pero todos dicen que eres un sabio.
--La gente dice, señor -repuso indiferente el ermitaño.
--A propósito de la gente quiero preguntarte -dijo el monarca-. ¿Cómo lograr que la gente sea mejor?
--Puedo decirte, señor -repuso el ermitaño-, que las leyes por sí mismas no bastan, en absoluto, para hacer
mejor a la gente. El ser humano tiene que cultivar ciertas actitudes y practicar ciertos métodos para alcanzar la
verdad de orden superior y la clara comprensión. Esa verdad de orden superior tiene, desde luego, muy poco
que ver con la verdad ordinaria.
El rey se quedó dubitativo. Luego reaccionó para replicar:
--De lo que no hay duda, ermitaño, es de que yo, al menos, puedo lograr que la gente diga la verdad; al
menos puedo conseguir que sean veraces.
El eremita sonrió levemente, pero nada dijo. Guardó un noble silencio.
El rey decidió establecer un patíbulo en el puente que servía de acceso a la ciudad. Un escuadrón a las
órdenes de un capitán revisaba a todo aquel que entraba a la ciudad. Se hizo público lo siguiente: “Toda
persona que quiera entrar en la ciudad será previamente interrogada. Si dice la verdad, podrá entrar. Si miente,
será conducida al patíbulo y ahorcada”.
Amanecía. El ermitaño, tras meditar toda la noche, se puso en marcha hacia la ciudad. Su amado bosque
quedaba a sus espaldas. Caminaba con lentitud. Avanzó hacia el puente. El capitán se interpuso en su camino
y le preguntó:
--¿Adónde vas?
--Voy camino de la horca para que podáis ahorcarme -repuso sereno el eremita.
El capitán aseveró:
--No lo creo.
--Pues bien, capitán, si he mentido, ahórcame.
--Pero si te ahorcamos por haber mentido -repuso el capitán-, habremos convertido en cierto lo que has dicho
y, en ese caso, no te habremos ahorcado por mentir, sino por decir la verdad.
--Así es -afirmó el ermitaño-.
Ahora usted sabe lo que es la verdad... ¡Su verdad!
*El Maestro dice: El aferramiento a los puntos de vista es una traba mental y un fuerte obstáculo en el viaje
interior

EL HOMBRE ECUÁNIME
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Era un hombre querido por todos.
Vivía en un pueblo en el interior de la India, había enviudado y tenía un hijo. Poseía un caballo, y un día, al
despertarse por la mañana y acudir al establo para dar de comer al animal, comprobó que se había escapado.
La noticia corrió por el pueblo y vinieron a verlo los vecinos para decirle:
--¡Qué mala suerte has tenido!
Para un caballo que poseías y se ha marchado.
--Sí, sí, así es; se ha marchado -dijo el hombre.
Transcurrieron unos días, y una soleada mañana, cuando el hombre salía de su casa, se encontró con que en
la puerta no sólo estaba su caballo, sino que había traído otro con él. Vinieron a verlo los vecinos y le dijeron:
--¡Qué buena suerte la tuya! No sólo has recuperado tu caballo, sino que ahora tienes dos.
--Sí, sí, así es -dijo el hombre.
Al disponer de dos caballos, ahora podía salir a montar con su hijo. A menudo padre e hijo galopaban uno
junto al otro. Pero he aquí que un día el hijo se cayó del caballo y se fracturó una pierna. Cuando los vecinos
vinieron a ver al hombre, comentaron:
--¡Qué mala suerte, verdadera mala suerte! Si no hubiera venido ese segundo caballo, tu hijo estaría bien.
--Sí, sí, así es -dijo el hombre tranquilamente.
Pasaron un par de semanas. Estalló la guerra. Todos los jóvenes del pueblo fueron movilizados, menos el
muchacho que tenía la pierna fracturada. Los vecinos vinieron a visitar al hombre, y exclamaron:
--¡Qué buena suerte la tuya! Tu hijo se ha librado de la guerra.
--Sí, sí, así es -repuso serenamente el hombre ecuánime.
*El Maestro dice: Para el que sabe ver el curso de la existencia fenoménica, no hay mayor bien que la firmeza
de la mente y de ánimo.

LA MADERA DE SÁNDALO
Era un hombre que había oído hablar mucho de la preciosa y aromática madera de sándalo, pero que nunca
había tenido ocasión de verla. Había surgido en él un fuerte deseo por conocer la apreciada madera de
sándalo. Para satisfacer su propósito, decidió escribir a todos sus amigos y solicitarles un trozo de madera de
esta clase. Pensó que alguno tendría la bondad de enviársela. Así, comenzó a escribir cartas y cartas, durante
varios días, siempre con el mismo ruego: “Por favor, enviadme madera de sándalo”. Pero un día, de súbito,
mientras estaba ante el papel, pensativo, mordisqueó el lápiz con el que tantas cartas escribiera, y de repente
olió la madera del lápiz y descubrió que era de sándalo.
El Maestro dice: Si la percepción está embotada, se estrella en las apariencias de las cosas.

SI DAÑAS, ME DAÑAS
Parvati es una de las diosas más amorosa, benevolente y misericordiosa del panteón hindú. Es la consorte de
Shiva y se manifiesta como extraordinariamente compasiva. Cierto día, uno de sus hijos, Kartikeya, hirió a una
gata con sus uñas. De regreso a casa, corrió hasta su madre para darle un beso. Pero al aproximarse al bello
rostro de la diosa, se dio cuenta de que ésta tenía un arañazo en la mejilla.
--Madre -dijo Kartikeya-, hay una herida en tu mejilla. ¿Qué te ha sucedido?
Con sus ojos de noche inmensa y profunda, la amorosa diosa miró a su querido hijo. Era su voz melancólica y
dulce cuando explicó:
--Se trata de un arañazo hecho con tus uñas.
--Pero, madre -se apresuró a decir el joven-, yo jamás osaría dañarte en lo más mínimo. No hay ser al que yo
ame tanto como a ti, querida madre.
Una refrescante sonrisa de aurora se dibujó en los labios de la diosa.
--Hijo mío -dijo-, ¿acaso has olvidado que esta mañana arañaste a una gata?
--Así fue, madre -repuso Kartikeya.
--Pues, hijo mío, ¿es que no sabes ya que nada existe en este mundo excepto yo? ¿No soy yo misma la
creación entera? Al arañar a esa gata, me estabas arañando a mí misma.
*El Maestro dice: Al herir, te hieres. A quienquiera que dañes, te dañas a ti mismo.

EL PEZ Y LA TORTUGA
Amanecía. Los primeros rayos del sol se reflejaban en las aguas azules del mar de Arabia. Una tortuga salía
de su sueño profundo y se desperezaba en la playa. Abrió los ojillos y, de repente, vio un pez que sacaba la
cabeza del agua. Cuando el pez se percató de la presencia de la tortuga, le preguntó:
--Amiga tortuga, presiento que hay sabiduría en tu corazón y quiero hacerte una pregunta: ¿qué es el agua?
La tortuga no repuso al instante.
No podía creer lo que le estaba preguntando aquel pez que estaba cerca de ella. Cuando se dio cuenta de que
no estaba durmiendo y el suceso no era parte de un sueño, repuso:
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--Amigo pez, has nacido en el agua, en el agua estás viviendo y en el agua hallarás la muerte. Alrededor de tu
cuerpo hay agua y agua hay dentro de tu cuerpo. Te alimentas de lo que en el agua encuentras y en el agua te
reproduces. ¡Y tú, pez necio, me preguntas qué es el agua!
*El Maestro dice: Ignorante como ese pez, naces, vives y mueres en el Ser y gracias al Ser y, empero, como
ese pez que desconoce el agua en la que mora, tú ignoras la Realidad en la que habitas.

UNA CAÑA DE BAMBÚ PARA EL MÁS TONTO
Existía un próspero reino en el norte de la India. Su monarca había alcanzado ya una edad avanzada. Un día
hizo llamar a un yogui que vivía dedicado a la meditación profunda en el bosque y dijo:
--Hombre piadoso, tu rey quiere que tomes esta caña de bambú y que recorras todo el reino con ella. Te diré
lo que debes hacer. Viajarás sin descanso de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y de aldea en aldea.
Cuando encuentres a una persona que consideres la más tonta, deberás entregarle esta caña.
--Aunque no reconozca otro rey que mi verdadero yo interior, señor, habré de hacer lo que me dices por
complacerte. Me pondré en camino enseguida. El yogui cogió la caña que le había dado el monarca y partió
raudo. Viajó sin descanso, llegando sus pies a todos los caminos de la India. Recorrió muchos lugares y
conoció muchas personas, pero no halló ningún ser humano al que considerase el más tonto. Transcurrieron
algunos meses y volvió hasta el palacio del rey. Tuvo noticias de que el monarca había enfermado de gravedad
y corrió hasta sus aposentos. Los médicos le explicaron al yogui que el rey estaba en la antesala de la muerte y
se esperaba un fatal desenlace en minutos. El yogui se aproximó al lecho del moribundo.
Con voz quebrada pero audible, el monarca se lamentaba:
--¡Qué desafortunado soy, qué desafortunado! Toda mi vida acumulando enormes riquezas y, ¿qué haré ahora
para llevarlas conmigo? ¡No quiero dejarlas, no quiero dejarlas!
El yogui entregó la caña de bambú al rey.
*El Maestro dice: Puedes ser un monarca, pero de nada sirve si tu actitud es la de un mendigo. Sólo aquello
que acumulas dentro de ti mismo te pertenece. No hay otro tesoro que el amor.

LA PALOMA Y LA ROSA
La incipiente claridad del día comenzaba a disipar las tinieblas de una noche tibia y hermosa. Una paloma,
revoloteando y revoloteando, penetró en un pequeño y recoleto templo de la India. Todas las paredes estaban
adornadas de espejos y en ellos se reflejaba la imagen de una rosa que había situada, como ofrenda, en el
centro del altar. La paloma, tomando las imágenes por la rosa misma, se abalanzó contra ellas, chocando
violentamente una y otra vez contra las acristaladas paredes del templo, hasta que, al final, su frágil cuerpo
reventó y halló la muerte. Entonces, el cuerpo de la paloma, todavía caliente, cayó justo sobre la rosa.
*El Maestro dice: No apuntes a las apariencias; sino a la Realidad.
No te extravíes en la diversidad, sino que debes establecerte en la Unidad.

LOS BRAZALETES DE ORO
Había una mujer que, a fuerza de una actitud recta y perseverante, había obtenido grandes logros
espirituales. Aunque desposada, siempre hallaba tiempo para conectar con su Realidad primordial. Desde niña,
había lucido en las muñecas brazaletes de cristal. La vida se iba consumiendo inexorablemente, como el rocío
se derrite cuando brotan los primeros rayos del sol. Ya no era joven, y las arrugas dejaban sus huellas
indelebles en su rostro. ¿Acaso en todo encuentro no está ya presente la separación? Un día, su amado
esposo fue tocado por la dama de la muerte y su cuerpo quedó tan frío como los cantos rodados del riachuelo
en el que hacía sus abluciones. Cuando el cadáver fue incinerado, la mujer se despojó de los brazaletes de
cristal y se colocó unos de oro. La gente del pueblo no pudo por menos que sorprenderse. ¿A qué venía ahora
ese cambio? ¿Por qué en tan dolorosos momentos abandonaba los brazaletes de cristal y tomaba los de oro?
Algunas personas fueron hasta su casa y le preguntaron la razón de ese proceder. La mujer hizo pasar a los
visitantes. Parsimoniosamente, con la paz propia de aquel que comprende y acepta el devenir de los
acontecimientos, preparó un sabroso té especiado.
Mientras los invitados saboreaban el líquido humeante, la mujer dijo:
--¿Por qué os sorprendéis? Antes, mi marido era tan frágil como los brazaletes de cristal, pero ahora él es
fuerte y permanente como estos brazaletes de oro.
*El Maestro dice: ¿A quién no alcanza la muerte del cuerpo? Pero aquello que realmente anima el cuerpo es
vigoroso y perdurable.

UN YOGUI AL BORDE DEL CAMINO
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Era un yogui errante que había obtenido un gran progreso interior.
Se sentó a la orilla de un camino y, de manera natural, entró en éxtasis.
Estaba en tan elevado estado de consciencia que se encontraba ausente de todo lo circundante. Poco después
pasó por el lugar un ladrón y, al verlo, se dijo: “Este hombre, no me cabe duda, debe ser un ladrón que, tras
haber pasado toda la noche robando, ahora se ha quedado dormido. Voy a irme a toda velocidad no vaya a ser
que venga un policía a prenderle a él y también me coja a mí”. Y huyó corriendo. No mucho después, fue un
borracho el que pasó por el lugar.
Iba dando tumbos y apenas podía tenerse en pie. Miró al hombre sentado al borde del camino y pensó: “Éste
está realmente como una cuba. Ha bebido tanto que no puede ni moverse”.
Y, tambaleándose, se alejó. Por último, pasó un genuino buscador espiritual y, al contemplar al yogui, se sentó
a su lado, se inclinó y besó sus pies.
*El Maestro dice: Así como cada uno proyecta lo que lleva dentro, así el sabio reconoce al sabio.

EL CONDUCTOR BORRACHO
Por un sinuoso camino y a gran velocidad, un hombre borracho conducía su carro. De repente, perdió el
control del carro, se salió del trayecto y se precipitó contra una charca pestilente. Varias personas, al ver el
accidente, corrieron al lugar y ayudaron a incorporarse al conductor.
No podía ocultar su borrachera y, entonces, uno de sus auxiliadores le dijo:
--Pero, ¿es que no ha leído usted el célebre tratado de Naraín Gupta extendiéndose sobre los efectos
perjudiciales del alcohol?
Y el ebrio conductor, sin dejar de hipar, tartamudeó:
--Yo soy Naraín Gupta.
*El Maestro dice: Así procede el falso gurú.

CADA HOMBRE UNA DOCTRINA
Era un discípulo honesto y de buen corazón, pero todavía su mente era un juego de luces y sombras y no
había recobrado la comprensión amplia y conciliadora de una mente sin trabas.
Como su motivación era sincera, estudiaba sin cesar y comparaba credos, filosofías y doctrinas. Realmente
llegó a estar muy desconcertado al comprobar la proliferación de tantas enseñanzas y vías espirituales. Así,
cuando tuvo ocasión de entrevistarse con su instructor espiritual, dijo:
--Estoy confundido. ¿Acaso no existen demasiadas religiones, demasiadas sendas místicas, demasiadas
doctrinas si la verdad es una?
Y el maestro repuso con firmeza:
--¡Qué dices, insensato! Cada hombre es una enseñanza, una doctrina.
*El Maestro dice: Aunque haya muchas vías, en última instancia sigue tu propia senda interior.

EL MARIDO DESCONFIADO
Al llegar a una edad avanzada, y tras una vida hogareña de alegrías y sufrimientos cotidianos, unos esposos
decidieron renunciar a la vida mundana y dedicar el resto de sus existencias a la meditación y a peregrinar a
los más sacrosantos santuarios. En una ocasión, de camino a un templo himalayo, el marido vio en el sendero
un fabuloso diamante. Con gran rapidez, colocó uno de sus pies sobre la joya para ocultarla, pensando que, si
su mujer la veía, tal vez surgiera en ella un sentimiento de codicia que pudiese contaminar su mente y retrasar
su evolución mística. Pero la mujer descubrió la estratagema de su marido y con voz ecuánime y apacible
comentó:
--Querido, me gustaría saber por qué has renunciado al mundo si todavía haces distinción entre el diamante y
el polvo.
*El Maestro dice: Para aquel que se ha establecido en la Realidad, ganancia y pérdida, victoria y derrota, son
impostores, porque el que ve con sabiduría no hace distinción entre uno y otro.
LOS MONOS
Era un aspirante espiritual con mucha motivación, pero tenía una mente muy dispersa. Tuvo noticias de un
sobresaliente mentor y no dudó en desplazarse hasta donde vivía y decirle:
--Respetado maestro, perdona que te moleste, pero mi gratitud sería enorme si pudieras proporcionarme un
tema de meditación, puesto que tengo decidido retirarme al bosque durante unas semanas para meditar sin
descanso.
--Me complace tu decisión. Ve al bosque y estáte contigo mismo. Puedes meditar en todo aquello que quieras,
excepto en monos. Trae lo que quieras a tu mente, pero no pienses en monos.
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El discípulo se sintió muy contento, diciendo: “!Qué fácil es el tema que me ha proporcionado el maestro!; sí,
realmente sencillo”. Se retiró a un frondoso bosque y dispuso una cabaña para la meditación. Transcurrieron
las semanas y el aspirante puso término al retiro. Regresó junto al mentor, y éste, nada más verlo, preguntó:
--¿Qué tal te ha ido?
Apesadumbrado, el aspirante repuso:
--Ha sido agotador. Traté incansablemente de pensar en algo que no fuesen monos, pero los monos iban y
venían por mi mente sin poderlo evitar. En realidad, llegó un momento en que sólo pensaba en monos.
*El Maestro dice: La mente es amiga y enemiga; es una mala dueña, pero una buena aliada. Por eso es
necesario aprender a contener el pensamiento y poner la mente bajo el yugo de la voluntad.

UN ERMITAÑO EN LA CORTE
En la corte real tuvo lugar un fastuoso banquete. Todo se había dispuesto de tal manera que cada persona se
sentaba a la mesa de acuerdo con su rango. Todavía no había llegado el monarca al banquete, cuando
apareció un ermitaño muy pobremente vestido y al que todos tomaron por un pordiosero. Sin vacilar un
instante, el ermitaño se sentó en el lugar de mayor importancia. Este insólito comportamiento indignó al primer
ministro, quien, ásperamente, le preguntó:
--¿Acaso eres un visir?
--Mi rango es superior al de visir -repuso el ermitaño.
--¿Acaso eres un primer ministro?
--Mi rango es superior al de primer ministro.
Enfurecido, el primer ministro inquirió:
--¿Acaso eres el mismo rey?
--Mi rango es superior al del rey.
--¿Acaso eres Dios? -preguntó mordazmente el primer ministro.
--Mi rango es superior al de Dios. Fuera de sí, el primer ministro vociferó:
--¡Nada es superior a Dios!
Y el ermitaño dijo con mucha calma:
--Ahora sabes mi identidad. Esa nada soy yo.
*El Maestro dice: Más allá de todas las categorías y dualidades, del ego y los conceptos, está aquel que ha
liberado su mente.

NASRUDÍN VISITA LA INDIA
El célebre y contradictorio personaje sufí Mulla Nasrudín visitó la India. Llegó a Calcuta y comenzó a pasear
por una de sus abigarradas calles. De repente vio a un hombre que estaba en cuclillas vendiendo lo que
Nasrudín creyó que eran dulces, aunque en realidad se trataba de chiles picantes. Nasrudín era muy goloso y
compró una gran cantidad de los supuestos dulces, dispuesto a darse un gran atracón. Estaba muy contento,
se sentó en un parque y comenzó a comer chiles a dos carrillos. Nada más morder el primero de los chiles
sintió fuego en el paladar. Eran tan picantes aquellos “dulces” que se le puso roja la punta de la nariz y
comenzó a soltar lágrimas hasta los pies. No obstante, Nasrudín continuaba llevándose sin parar los chiles a la
boca.
Estornudaba, lloraba, hacía muecas de malestar, pero seguía devorando los chiles. Asombrado, un paseante
se aproximó a él y le dijo:
--Amigo, ¿no sabe que los chiles sólo se comen en pequeñas cantidades?
Casi sin poder hablar, Nasrudín comento:
--Buen hombre, créeme, yo pensaba que estaba comprando dulces.
Pero Nasrudín seguía comiendo chiles. El paseante dijo:
--Bueno, está bien, pero ahora ya sabes que no son dulces. ¿Por qué sigues comiéndolos?
Entre toses y sollozos, Nasrudín dijo:
--Ya que he invertido en ellos mi dinero, no los voy a tirar.
*El Maestro dice: No seas como Nasrudín. Toma lo mejor para tu evolución interior y arroja lo innecesario o
pernicioso, aunque hayas invertido años en ello.

IGNORANCIA
Se trataba de dos amigos no demasiado inteligentes. Habían decidido hacer una marcha y dormir en un
establo. Caminaron durante toda la jornada. Al anochecer se alojaron, como tenían previsto, en un establo del
que previamente tenían noticias. Estaban muy cansados y durmieron profundamente; pero, de madrugada, una
pesadilla despertó a uno de los amigos. Zarandeó a su compañero, despertándolo, y le dijo:
--Sal fuera y dime si ha amanecido. Comprueba si ha salido el sol.
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Publicado por jacintoluque @ 18:19
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