Mi?rcoles, 29 de junio de 2016

Una tarde lluviosa de noviembre hace más de diez años, llegué a casa del trabajo y me encontré con un inmenso camión de mudanza estacionado en la entrada del garaje y, detrás de él, una patrulla. Mi primer pensamiento fue rápido, claro e instintivo: ¿nos están embargando?

Había vivido en una pequeña casa rentada en Middlebury, Vermont, con mi esposa, durante la mayor parte del año anterior. No había sido un año fácil. Peleábamos sin cesar y las peleas se convertían en batallas campales que duraban hasta bien entrada la noche.

Sin embargo, aquella mañana me había ido sin sospechar nada. Sin duda, no estaba preparado para la escena que encontraría más tarde, al ver la cabecera de madera de mi cama atravesar la puerta, en manos de mi suegro.

“¿Qué pasa?”, pregunté. “¿Qué haces?”.

Ni siquiera me volteó a ver en su trayecto al camión.

“Señor”, dijo el policía, que apareció de la nada justo a mi lado. “Vamos a necesitar que se aleje del domicilio”.

Tendrían que pasar nueve años más para que yo dejara de beber, por lo que esa noche, la noche en que mi esposa me dejó, culpé a todos y a todo de mi desventura, excepto a mí mismo.

Me alejé de la casa y del tristísimo combo del camión de mudanzas, el policía y mi suegro, y fui directamente al bar más cercano, donde les conté a todos mi historia mientras bebía cerveza Budweiser tibia un tarro tras otro. No me arrepentía de nada. No sentía vergüenza.

Apenas recuerdo haber llegado dando tumbos de regreso a casa. Lo que recuerdo es lo que encontré cuando estuve ahí.

Esperándome en la puerta, hambrientos y desconcertados, estaban Glasgow y Seismic, nuestros dos perros San Bernardo. En una caja de cartón volcada al otro lado de la puerta, encontré una carta.

Mi esposa explicaba que no podía llevarse a los perros con ella. Se iría a casa de sus padres para tratar de poner su vida en orden de nuevo y no había lugar para dos animales de 70 kilos. No obstante, esperaba que yo cumpliera mis obligaciones con nuestras mascotas.

Los perros me miraron. Yo los miré. Así comenzamos nuestra vida juntos.

Esa primera noche, subí las escaleras hacia donde estaba nuestra habitación y sin saber qué hacer, apagué las luces y me acosté en el piso. Los perros me siguieron. También se echaron, uno a cada lado de mí. Glasgow, la hembra de 4 años que habíamos criado desde cachorra, se colocó a mis espaldas. Seismic, el macho que habíamos adoptado de la Sociedad Humanitaria del Condado de Chittenden, se acurrucó en la corva de mi brazo. Apestaba. Bueno, no es que yo oliera mejor.

En una casa vacía, todo es más ruidoso. Pareciera algo insignificante, pero fue transformador; había rentado la casa hacía cerca de un año y de repente me era totalmente ajena y confusa. Cada mañana me despertaba junto a dos animales gigantes que me acariciaban con el hocico, jadeaban en mi rostro y me exigían salir a caminar. Yo salía a pasearlos y, a mi regreso, revisaba el teléfono, con la esperanza de haberme perdido la llamada de mi esposa para decirme que había cambiado de opinión y regresaba a casa. Nunca llamó.

Traté de seguir adelante. Compré alimentos, saludé a los vecinos. Ahora puedo ver que estaba padeciendo un golpe emocional y hacía como que no pasaba nada. La casa se deterioró, la ropa sucia se amontonó en el cesto, las bolsas de basura se acumularon en la cocina, mi cama era un saco de dormir.

Había enormes montañas de pelos de perro en los rincones de las habitaciones y manchas de suciedad en la alfombra. Ir y venir al trabajo me tomaba una hora todos los días y, desanclado de mi vida anterior, no podía hacerme cargo de mis responsabilidades. Busqué una cuidadora de perros.

“¿Te acabas de mudar?”, preguntó, al observar la casa semivacía.

“No”, dije, incapaz de decirle la verdad. “Lo que pasa es que tengo un estilo de vida minimalista, ya sabes”.

“Ajá”.

Un día, tuve que irme más temprano que de costumbre al trabajo. Llamé a la cuidadora de perros y le dije que dejaría la llave debajo del tapete de la puerta de entrada. Pero ella nunca apareció. Esa noche, regresé para descubrir que mi morada estaba empapada de orina. La semana siguiente, recibí una llamada mientras estaba en el gimnasio. Los perros se habían salido y hurgaban entre las bolsas de basura de la charcutería de la calle. Comían ensalada de pollo y panes rancios. Un vecino los había reconocido.

Me dirigí a casa, aterrado de pensar que alguien se los llevara, de que regresaría para encontrar un auto de la policía otra vez frente a la casa y un rastro de madejas de pelos flotando en el patio.

En lo que respecta a Glasgow y Seismic, siempre les daba gusto verme; siempre confiaban en que les llevaría alimento, los sacaría a pasear o les daría un baño. Ellos creyeron en mí cuando nadie más lo hizo, ni siquiera yo.

Creo que me quedé con ellos durante tanto tiempo en aquel caos porque no podía soportar dejar de amarlos ni que ellos dejaran de amarme. Pero la verdad era que no podía cuidarlos, al menos no en la forma en la que necesitaban.

En mayo, me enteré que una familia que vivía en las afueras de la ciudad estaba buscando dos perros grandes para adopción. Conduje hasta su finca y vi una cerca blanca de poco más de kilómetro y medio, un jardín lleno de flores muy limpio y ordenado y un buzón recién pintado. Tuve su teléfono guardado en mi cartera durante una semana antes de llamarlos. Pasó otra semana para que llamara sin colgar antes de que alguien contestara.

La familia y yo habíamos acordado encontrarnos una tarde de verano de junio. Subí a los perros a mi Chevy Blazer negra junto con sus juguetes para morder, sus camas y platos de comida.

Glasgow, como siempre, estaba emocionada de subirse al auto. A ella le encantaba sentarse en el asiento del copiloto. Le abrí la ventana, puso su nariz contra el diminuto espacio abierto y comenzó a babear, dejando hilos de saliva seca en todo el vidrio. Aquel día me acerqué y le rasqué las orejas. Yo lloraba mientras conducía, lloraba mientras entraba al estacionamiento del supermercado.

Ahí estaba la familia en su camioneta pickup Ford F-250. Un hombre salió y caminó hacia mí. Abrí la cajuela.

“¿Estos son los perros?”, dijo.

Yo asentí. “Por favor, cuídenlos mucho”, dije, con la voz entrecortada.

Me había quedado sin esposa de manera repentina, un golpe que me alcanzó con inmediatez y fuerza. La pérdida de los perros, en cambio, como los agujeros negros, tenía un horizonte de sucesos al que me acerqué gradualmente y, cuando lo había atravesado, la presión del tiempo me jaló inevitablemente hacia adelante y hacia abajo.

Aquella tarde en aquel supermercado, recordé cómo llevé a Seismic a la parte trasera de la camioneta y no dudó en subirse. Con Glasgow no fue tan fácil. Sus caderas estaban rígidas y había comenzado a moverse más lentamente. Creo que entendió parte de lo que estaba pasando y se dejó llevar. Por fin, los dos perros estaban en el otro automóvil. Los abracé, olfateando su aroma por última vez y abracé a Glasgow un poco más fuerte.

Me fui de Vermont cuando firmamos el divorcio. Pensé que todo sería diferente cuando pudiera irme de esa casa, cuando los asuntos legales se resolvieran, cuando tuviera un nuevo trabajo, cuando dejara de esperar que mi exesposa me llamara. No fui a la finca después de entregar a Seismic y Glasgow. No los visité. ¿Qué pasaría si ellos pensaban que estaba ahí para llevarlos a casa?

No fue sino hasta que me volví abstemio y tuve hijos cuando pude sentir de nuevo esa maravillosa responsabilidad —la confianza absoluta que otro ser vivo tiene en ti— la fe en que vas a llevarle pizza, sacarlo a caminar y bañarlo. De que serás el que lo guíe, lo cuide, lo escuche…

Glasgow y Seismic ya han muerto. Tal vez vivieron el doble, o más, de lo que comúnmente viven los San Bernardo. Sin embargo, de cierta manera fueron mis primeros hijos. Me enseñaron a ser humano, o tal vez cómo ser un mejor humano y anteponer las necesidades de alguien más a las mías. Puede que haya sido mi primera esposa la que me enseñó esto cuando decidió dejarme con mis dos perros y una casa vacía.

No hace mucho, mientras estaba sentado en mi casa una noche, mi hija gritó desde su habitación. Tenía una pesadilla. Subí, pero para cuando llegué, se había vuelto a dormir.

Aun así, me acosté junto a ella en su cama y le di un beso en la parte posterior de la cabeza, apartando los cabellos de su rostro. Después pronuncié una oración en agradecimiento por mi paternidad, por tener la oportunidad de cuidar de alguien.


Publicado por jacintoluque @ 12:30
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