Mi?rcoles, 14 de septiembre de 2016

Una valla en la frontera con México. El control de la inmigración le cuesta a los contribuyentes estadounidenses 30 mil millones de dólares al año; sin considerar el costo del muro propuesto por Donald Trump.

De verdad, ¿tiene sentido construir el muro?

La promesa de erigir un “gran y hermoso” muro a lo largo de la frontera sur ha impulsado la candidatura de Donald Trump. Quizá fue lo que le ganó la nominación presidencial del Partido Republicano. Aparte de algunos momentos en los que ha proyectado una retórica más suave la muralla se ha vuelto, junto con su promesa de deportar a millones de inmigrantes que viven en Estados Unidos sin permiso legal, en elleitmotiv de su campaña.

Trump no se equivoca del todo. La inmigración desde México y otros países del sur durante el último cuarto de siglo sí ha perjudicado a trabajadores estadounidenses que compiten con los inmigrantes en el mercado de trabajo. Líderes sindicales, así como políticos y analistas de izquierda comparten algunas de sus preocupaciones. Suena inverosímil pero el asunto que Trump pone sobre la mesa es legítimo.

Pero aun si lo contemplamos de la manera más positiva, si le damos el beneficio de la duda, si lo evaluamos de la manera más optimista, esa no es la respuesta a ese problema. Incluso si lo único que nos importara en el mundo fueran los trabajadores más afectados por el flujo de trabajadores inmigrantes, el costo de las propuestas de Trump no vale la pena.

En un artículo que será publicado en el Journal of Economic Perspectives, Gordon H. Hanson y Craig McIntosh, de la Universidad de California en San Diego, establecen la razón más obvia por la que construir un muro no tendría ningún sentido: los mexicanos ya no van a Estados Unidos.

Los que llegaron en las décadas de los ochenta y los noventa nacieron en los años 1960 y 1970, cuando los índices de fertilidad en México llegaron a la cifra de siete niños por mujer. México además sufrió repetidas crisis macroeconómicas en las últimas dos décadas del siglo pasado. Para los mexicanos que crecieron en esa época, valía la pena enfrentar el desierto de Arizona y a la Patrulla Fronteriza para conseguir un trabajo en la próspera economía estadounidense.

El México de hoy es un país distinto. Es más viejo. Desde 1970, el índice de natalidad ha disminuido hasta algo más de 2,1, la fertilidad necesaria para mantener una población estable. La fuerza laboral mexicana crece al mismo ritmo que la de Estados Unidos. Y aunque México todavía es mucho más pobre, ya no cae en crisis cada dos por tres.

“El fin de la transición demográfica en la mayor parte del hemisferio occidental nos hace reflexionar sobre si el gasto en controles migratorios justificará sus costos”, concluyeron Hanson y McIntosh.

Por supuesto, este análisis no le bastará a los seguidores de Trump —trabajadores blancos enojados y convencidos del efecto dañino de la inmigración—. Y quizá el análisis demográfico tenga algunos defectos. ¿Qué pasará, por ejemplo, con los inmigrantes provenientes de África y del Medio Oriente, donde los índices de fertilidad continúan altos, los conflictos son frecuentes y las perspectivas de trabajo son pobres? A ellos no podremos detenerlos con un muro de concreto: es más probable que entren legalmente y se queden después de que su visa expire. Pero quizá justifiquen mayores gastos en otras formas de control migratorio.

No se me ocurre nadie mejor que George J. Borjas como potencial asesor de Trump en temas migratorios. A lo largo de una extensa y prolífica carrera, Borjas, un prominente economista de Harvard especializado en inmigración, ha escrito numerosos artículos y libros que consistentemente promueven políticas migratorias más estrictas para reducir el número de inmigrantes.

Borjas ha propuesto un sistema de puntos para darle preferencia a inmigrantes con mayores habilidades, argumentando que la calidad de la inmigración cayó desde que se eliminaron las cuotas nacionales en 1965 (al permitir la entrada de mexicanos y otras personas de escasa educación que son más propensas a depender de la asistencia pública). Y no se cansa de repetir que la inmigración ha afectado a los estadounidenses con menor nivel escolar, los que compiten directamente con los trabajadores provenientes del sur de la frontera.

Borjas articula su análisis en Inmigration Economics, su obra de 2014, y lo reafirma en su próximo libro que lleva por título We Wanted Workers, en el que concluye que las dos décadas de explosión migratoria redujeron los salarios de los trabajadores estadounidenses sin preparatoria en un 3,1 por ciento. Este cálculo toma en cuenta la manera en que los empresarios reaccionarían, despidiendo algunos trabajadores locales pero también generando empleo al invertir para aprovechar la nueva mano de obra barata. Tomando todo eso en cuenta, el investigador concluye que esto le costaría unos 900 dólares al año a los trabajadores estadounidenses menos capacitados.

Otros estudiosos han criticado sus cálculos y sostienen que Borjas hace suposiciones que provocan que la situación parezca más deprimente de lo que es en realidad. Por ejemplo, asume que los migrantes indocumentados sin un diploma de preparatoria son sustitutos perfectos para trabajadores estadounidenses que tampoco terminaron los estudios secundarios. Simplemente considerando el idioma queda claro que eso es poco probable.

Mi respuesta simplemente es: ¿Y qué? No pretendo ser desalmado. Claro que 900 dólares son importantísimos para un trabajador que gana menos de 30.000 dólares al año. Pero un corte salarial de 3,1 por ciento para los trabajadores sin preparatoria —que suman menos del 10 por ciento de la fuerza de trabajo— es un precio modesto comparado con lo que costaría seguir recrudeciendo la militarización de la frontera. Seguro que hay mejores cosas en las que puede gastarse ese dinero.

Actualmente el control migratorio cuesta 30 mil millones de dólares al año y, según Trump, la frontera todavía parece un queso suizo. ¿Debería duplicarse la fuerza policiaca? ¿Cuadriplicarse? ¿Qué decir de los costos de buscar y deportar a 11 millones de personas que han hecho una vida en Estados Unidos y, en muchos casos, tienen hijos con derecho legal para quedarse? Quizá es más importante el enorme costo para los mismos migrantes, que se mide en la pérdida de oportunidades para alcanzar una vida mejor. Esto quizá no le importa a los seguidores de Trump. Sin embargo, vale la pena considerar el costo para la estabilidad mexicana —y las repercusiones en Estados Unidos— de que México hubiera sufrido las crisis de los años ochenta y noventa sin la migración como una válvula de escape.

Las políticas migratorias implementadas por Estados Unidos durante las últimas dos décadas pueden parecer caóticas. Aun así, “si pudiéramos regresar en el tiempo”, dijo Hanson, “no estoy seguro de que haríamos las cosas de otra manera”.

Si la economía nos enseña algo, es que mucho dinero podría haberse empleado mejor en otra cosa. En lugar de un nuevo muro, ¿qué tal aumentar el crédito fiscal para los trabajadores de bajos ingresos que es uno de los programas más efectivos contra la pobreza? O ¿qué tal más capacitación para los trabajadores de bajo nivel educativo?

“¿Deberíamos poner a las políticas migratorias entre las opciones para ayudar a los trabajadores con salarios estancados?”, se pregunta Hanson. “Creo que debería estar en una posición bastante baja en la lista”.

A pesar de su escepticismo sobre las ventajas de la inmigración, esto es algo con lo que incluso Borjas podría estar de acuerdo. “Quizá necesitamos reflexionar sobre la inmigración en términos más amplios”, me dijo. “Quizá la discusión no solo debe centrarse en quién obtiene un permiso de residencia, sino en cómo los beneficios de la inmigración pueden estar mejor distribuidos. Eso aclararía qué es lo que está en juego”.


Publicado por jacintoluque @ 9:56
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