Martes, 13 de diciembre de 2016

Como escritora de viajes experimentada, pensarías que subirme a un avión debería ser tan rutinario como cepillarme los dientes. Ya sea un largo viaje a Asia, una visita trasatlántica o una escapada desde mi casa en Italia hacia otra ciudad en Europa, es raro que pase una semana sin montarme en un avión.

Sin embargo, tristemente la frecuencia con que visito los aeropuertos no ha curado mi miedo visceral a volar. Tengo altibajos. Cuando no hay accidentes en los titulares y después de varios vuelos tranquilos y sin turbulencia, me siento mucho más relajada y soy menos propensa a imaginarme catástrofes.

Sin embargo, después de incidentes trágicos como la caída de Germanwings en marzo de 2015, la desaparición del vuelo comercial de Malaysia Airlines o el vuelo de Air France que partió de Río de Janeiro y cayó en el Atlántico en 2009, es común que esté en alerta máxima. Me subo a los aviones, pero realmente desearía no tener que hacerlo.

Tengo algunas estrategias para lidiar con el asunto, como permitirme estar extremadamente alerta solo durante los momentos previos a alcanzar la altitud máxima, por ejemplo; tomarme una o dos copas de vino o tratar de meditar.

Así que me llamo la atención una aplicación lanzada en 2015, que tiene como objetivo mostrar, científicamente, qué tan seguro es viajar por aire. Se llama (obviamente apelando al sentido del humor) “¿Me estoy cayendo?” (cuesta 2,99 dólares) e indica la posibilidad estadística de que algo catastrófico suceda durante el vuelo, se basa en el modelo del avión, el vuelo de la aerolínea y los aeropuertos de salida y de llegada.

“Mi esposa estuvo en un vuelo muy turbulento cuando viajó a Australia”, me explicó Nic Johns, el londinense que desarrolló la aplicación, “y su miedo a volar se desarrolló a partir de ese incidente. Se puso tan mal que no podíamos volar a ningún lado y teníamos que tomar el tren hacia lugares como Italia y España desde Londres, lo cual obviamente tomaba muchísimo tiempo”.

Johns quiso ofrecerle a su esposa y a otras personas que compartían su miedo consuelo mediante estadísticas concretas. Gracias a su licenciatura en Matemáticas y Estadística, buscó y acumuló registros de seguridad para obtener sus porcentajes: en Gran Bretaña utilizó informes de la Oficina de Archivos y Accidentes Aéreos y en Estados Unidos del Consejo de Seguridad de Transporte Nacional.

“Reuní todos los datos sobre caídas de los que había registro y, todavía más importante, sobre los vuelos seguros, y organicé los datos y las probabilidades de un accidente en esta aplicación”, dijo. “En la mayoría de los casos un viaje normal te dará como resultado una probabilidad de caída de una en cinco millones, o una en diez millones, lo cual suele tranquilizar a la mayoría de la gente”.

Utilizar la tecnología para ayudar a aliviar el miedo a volar es parte de una tendencia reciente, ya sea mediante aplicaciones como Turbcast, que explica y predice turbulencias en la ruta de vuelo, o con Flightradar24, que muestra un mapa de los vuelos en ruta (darse cuenta de cuántos aviones están en el cielo al mismo tiempo y que llegan sin accidentes a sus destinos pone en contexto la naturaleza rutinaria de los viajes aéreos y tranquiliza a viajeros como yo). Además, por un costo de más o menos 99 centavos de dólar cada una, tener un arsenal de aplicaciones en mi iPhone parecía una ganga aceptable.

Les pedí consejos a algunos compañeros que sufren como yo. Rebeca Misner, editora en jefe de la revista Traveler de Condé Nast, dijo que el sitio web fearofflying.com le ayudó mucho a manejar su ansiedad, pues ofrece información detallada sobre cómo funciona el avión y qué son las turbulencias. “El sitio web es muy metódico y sin tonterías, lo cual me pareció tranquilizante”, escribió Misner. “Fue un poco extraño; la primera vez que volé después de consultar el sitio, estaba totalmente calmada, como si fuera otra persona”.

El fundador del programa en tierra y del sitio web Fear of Flying, el capitán Tom Bunn, expiloto de la Fuerza Aérea y piloto comercial de United Airlines y PanAm, ofrece sus técnicas en una aplicación llamada SOAR (por su sigla en inglés), es decir, Seminario de Alivio de la Aereoansiedad. Es un derivado de la orientación que ofrece por teléfono a pasajeros nerviosos para prepararlos antes de irse de viaje y cuando ya están a bordo (el asesoramiento vía telefónica o en persona cuesta 199 dólares).

La aplicación es gratuita y ofrece explicaciones de aspectos básicos de la aviación como el despegue y el descenso, y una herramienta para medir la fuerza G de las turbulencias, lo que le demuestra a los pasajeros que el avión está bien dentro del alcance para resistir cualquier sacudida; especialmente esos momentos que alteran los nervios de los pasajeros asustadizos. Sin embargo, el enfoque del capitán mezcla la tecnología con la interacción cara a cara.

Poco después de que hablé con Johns y el capitán Bunn, tuve la oportunidad de comprobar si sus aplicaciones, y otras, me podían ayudar. En un viaje de Londres a Italia, utilicé “¿Me estoy cayendo?”. Para ser honesta, hizo que mi ansiedad aumentara bastante antes del vuelo porque sentí que quizá estaba tentando a mi suerte al siquiera capturar los datos: estaba en un vuelo de Ryanair desde Perugia hacia el Aeropuerto Stansted de Londres.

Sin embargo, el porcentaje resultante estaba decididamente a mi favor, con la posibilidad de caída de tan solo una en cinco millones. Además, la estadística adicional en la pantalla era aún más tranquilizante: ¡podría volar segura en esta ruta una vez al día durante 14.000 años! Las sacudidas comenzaron a ser menos catastróficas.

En un viaje desde Miami hacia Londres en American Airlines, estaba preparada con mi aplicación SOAR. No estaba muy convencida de que mi carta de Bunn me llevaría realmente a conocer al capitán, sin embargo, después de que se la di a la encargada de la puerta, permitió que mi hijo y yo abordáramos antes y que conociéramos al capitán George Katsahnias y a su primer oficial, Frederick Staats.

Muy amigable y tranquilo, y sin ser condescendiente por mi ansiedad, el capitán Katsahnias dejó que mi hijo se sentara en el asiento del capitán mientras me explicó que sería un viaje tranquilo a Gran Bretaña. También dijo alegremente que si tenía cualquier duda durante el viaje, le pidiera a la azafata que le avisara.

Más tarde, cuando ganábamos velocidad en la pista de despegue (y recordando que el capitán Bunn nos explicó que son normales los sonidos de los cambios de la máquina que escucharíamos durante el despegue), mi hijo, que ha volado cientos de veces, tomó mi mano con calma. Pensé en los amables pilotos que tenían nuestra seguridad en sus manos y en todos los sistemas de apoyo presentes.

No lo puedo probar científicamente, pero cuando alcanzamos la altitud máxima me sentí notablemente más calmada. Espero poder ser cada vez menos nerviosa gracias a mi nuevo arsenal de ayuda.


Publicado por jacintoluque @ 7:26
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