Mi?rcoles, 14 de diciembre de 2016

Miles de empleados públicos chilenos marchan en el centro de Santiago a principios de noviembre, en el marco de un reclamo por mejoras salariales que se extendió por semanas.

Un ciclo político está terminando en Chile, mientras un intenso malestar reina entre sus habitantes. Pareciera que en muchas partes de América Latina y el mundo pasa lo mismo, y quizás la respuesta esté en internet, que llegó para cambiar las relaciones políticas, pero acá coincide además con ciertos ritmos internos. La última camada de jóvenes que entró al parlamento —Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Gabriel Boric y Carol Cariola, todos dirigentes de las protestas estudiantiles de 2011—, nació en los albores del plebiscito de 1988. Ellos no son hijos de la dictadura, sino de la democracia, y el objeto de sus juicios ya no es Pinochet —quien la semana pasada cumplió 10 años de muerto—, sino la Concertación, el orden político que le dio gobernabilidad a Chile durante las últimas décadas y que hoy agoniza.

A estos millenials ninguna fidelidad los obliga con los fundadores de la normalidad democrática actual. No vivieron directamente la dictadura de Augusto Pinochet, ni sienten responsabilidad alguna por el cuidado de la institucionalidad, porque la amenaza de su ruptura nunca ha estado en sus horizontes. En lugar de reconocer los logros de los “progresistas” de las últimas décadas, les cobran a gritos lo que no hicieron. Entre medio, hay una generación perdida que pudo tender el puente para que ambas historias se comunicaran, pero la obnubiló la admiración por sus padres: acompañarlos como héroes durante el exilio, escuchar sus cuentos de dolor o aplaudir desde la tribunas su papel en la compleja reconstrucción de la democracia. El asunto es que a estas alturas de la historia, entre la voz de los abuelos (70-80 años) y la de los nietos (20-30), la de los padres (40-50) brilla por su ausencia.

La Concertación —alianza de centro izquierda nacida para derrocar a Pinochet— gobernó durante dos décadas buscando acuerdos con la derecha y manteniendo a raya las fuerzas sociales. Pero esta nueva generación de ciudadanos, tributaria del crecimiento económico y el desarrollo capitalista experimentado durante sus administraciones, irrumpió con petitorios nuevos luego de la llegada de Sebastián Piñera al poder (2010), el primer presidente de derecha desde el fin de la dictadura.

Decenas de miles marcharon en contra de Hidroaysén, el proyecto de una mega central hidroeléctrica que la transnacional ENEL y el grupo Matte —uno de los tres holdings más grandes de Chile— pensaban construir a costa de un potencial daño ambiental en el corazón de la Patagonia. También marcharon las minorías sexuales pidiendo un trato igualitario, los que defendían la legalización de la marihuana, y hasta cierta organización de zombies convocó a varios miles de jóvenes disfrazados de muertos vivientes a penar por el centro de Santiago. Desde 2014, cerca de una decena de marchas han llegado a convocar hasta cien mil manifestantes por las razones más diversas, desde la oposición al sistema de pensiones (AFP) hasta manifestaciones en contra del femicidio. Más allá de cada uno de los motivos concretos, sin embargo, parece haber un lema que las aúna: “Aquí estamos”.

Las redes sociales influyen a estas nuevas clases medias más que la prensa y los partidos, y eso que alguna vez se llamó proyecto colectivo hoy parece más bien una suma de grupos que se suman o se restan dependiendo del atractivo momentáneo de sus causas. La izquierda, mientras tanto, llamada a darle cohesión y respuesta a este nuevo repertorio de demandas, se debate entre el reconocimiento y la negación de lo construido desde el fin de Pinochet, entre quienes abogan por transformaciones graduales, y los que consideran tal gradualismo como una excusa para mantener el statu quo. Ante tales tensiones en el progresismo, hay quienes ya ven a Sebastián Piñera, el candidato de la derecha, regresando a La Moneda.

Chile vive una dispersión política inédita en las últimas décadas Aún no ha emergido un nuevo orden que sustituya a la Concertación, hoy llamada Nueva Mayoría. Y la clase política no parece haber encontrado el modo de traducir en discursos y propuestas convincentes la insatisfacción imperante.

El 23 de octubre se realizaron elecciones municipales y sufragó apenas un 35% de los votantes, la más baja participación en una elección desde el regreso de la democracia. El mundo político propuso reponer el voto obligatorio. Si se considera que, según las últimas encuestas, un escaso 18% de la población se siente representada por las dos grandes coaliciones existentes desde el fin de la dictadura pinochetista, la solución al problema de la abstención no parece estar allí. Facilitar el sufragio electrónico vía internet es otra de las ideas que circulan, pero el reto de fondo es claramente otro y de mucha más difícil solución: abrir los asfixiados espacios de deliberación política dándole espacio a las nuevas generaciones, para permitir el ingreso de nuevos grupos portadores de nuevas experiencias y visiones. Se debe también rescatar los partidos existentes de sus viejos controladores (quienes roncan ahí siguen siendo los artífices de la Transición) y generar espacios de diálogo, con los partidos y organizaciones sociales nacidos en el último tiempo. No es fácil, porque son muchas las voces llamadas a participar.

La reconstrucción de la democracia chilena se llevó a cabo tejiendo acuerdos (más o menos satisfactorios) entre las fuerzas existentes a fines de los años 80 y comienzos de los 90. A este ciclo que comienza a perfilarse entre los escombros de ese otro que no acaba de terminar, le corresponderá tejer un diálogo nuevo y mucho más exigente con los herederos del país que hasta aquí se ha construido.

De la capacidad de escucharse mutuamente dependerá el éxito de la vía chilena al desarrollo.


Publicado por jacintoluque @ 5:32
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