Martes, 24 de enero de 2017

De izquierda a derecha, los asesores de Trump: Kellyanne Conway, Jared Kushner, Stephen Bannon y Reince Priebus al prestar juramento en la Casa Blanca Credit

WASHINGTON — El primer fin de semana de Donald Trump en el poder se desenvolvió de la misma manera que muchas cosas durante su campaña: con la publicación de mensajes iracundos en Twitter, una obsesión familiar con lo que percibe como críticas y declaraciones dispersas y en ocasiones falsas. Todo llevó a intentos posteriores para controlar los daños.

El problema es que lo que funciona en el camino hacia la Casa Blanca no siempre lo hace una vez que el candidato ya está ahí.

Si es que había un plan para que aprovechara sus primeros días en el cargo, cuando un presidente usualmente tiene el mayor poder de negociación, Trump lo tiró por la borda cuando decidió quejarse sobre reportes de la cantidad de asistentes a su ceremonia de posesión y quiso reescribir la historia de sus dichos sobre las agencias de inteligencia en un discurso en la CIA.

Tal falta de disciplina preocupó incluso a integrantes experimentados del círculo de Trump, algunos de los cuales le habían pedido no actuar a partir del resentimiento que alberga por lo que considera una cobertura mediática injusta. En cambio, Trump eligió escuchar a otros asesores que comparten su ira y su deseo por vengarse.

Los nuevos presidentes usualmente viven el periodo de ajuste de candidato a líder como discordante y Trump no es el primero en caer en actitudes que desgastan cualquier buena voluntad política que haya existido a partir de la toma de posesión.

“La transición de ciudadano privado a alguien que administra todo el país es increíblemente difícil”, dijo Dan Pfeiffer, asesor del expresidente Barack Obama. Dijo que mucha gente, incluso los presidentes, a veces no terminan de entender que “después de que te postras ahí afuera bajo el clima y pronuncias el juramento frente a un público que te adora, entras al edificio y estás a cargo”.

Al menos al principio, Trump parecía resistirse a la idea de que debe cambiar su manera de abordar las cosas ahora que es presidente. Después de todo, su estilo beligerante fue una fórmula ganadora, la que lo catapultó al 1600 de la avenida Pensilvania. Muchos de sus partidarios celebran que critique la política tradicional y algunos aliados dijeron que un percance no importaría durante mucho tiempo.

“Al final, sí se trata de gobernar”, dijo el expresidente de la cámara de representantes Newt Gingrich, quien ha asesorado a Trump. “Tiene que hacer dos cosas de aquí a 2020: mantener seguro a Estados Unidos y crear muchos trabajos. Eso es lo que prometió en su discurso. Si cumple con esas dos cosas, lo demás es indistinto”.

“Los estadounidenses promedio no van a poner atención” a temas como las protestas, añadió Gingrich. “Hacia finales de 2019 o principios de 2020, van a voltear y se preguntarán si les está yendo mejor. Si la respuesta es sí, entonces dirán: ‘Bien, denme más de lo mismo’”.

Ese punto de vista a largo plazo es quizá el más importante. Pero el de corto plazo para muchos es que el debut de Trump no fue exitoso.

“Para alguien que creía que teníamos oportunidades de cambiar, es un inicio terrible. Porque todavía queda mucho camino por recorrer”, dijo L. Lin Wood, abogado para casos de difamación y quien fue un defensor de Trump durante la campaña. “Esto se va a ir cuesta abajo bastante rápido si no hay cambios y eso no es bueno para nadie”.

Trump comenzó a enojarse tras leer mensajes en Twitter que mostraban que la asistencia pública a su ceremonia de juramentación se quedaba lejos de la de la ceremonia de Barack Obama en 2009. Pasó el resto del viernes en fiestas y eventos de celebración. Pero el sábado en la mañana, cuando despertó tras su primera noche en la Casa Blanca y había manifestaciones en su contra a pocas cuadras, se había perdido parte del brillo, según dijo gente cercana al presidente, y este se sentía herido.

Aunque quería contraatacar, asesores sénior le recomendaron enfocarse en sus responsabilidades como presidente. Eso incluía una visita a las oficinas centrales de la CIA, para la que lo habían preparado de forma que mostrara su apoyo a la agencia y criticara a los senadores demócratas que han retrasado la confirmación de Mike Pompeo, a quien eligió para liderarla. Sus asesores pensaban que Trump estaba de acuerdo con esta estrategia.

Pero, después de apurarse en pronunciar palabras de reconciliación a los servicios de inteligencia que ha criticado en el pasado, se salió del guion para dar un discurso inconexo sobre el tamaño del público que asistió a su toma de posesión. El portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, después convocó a su primera conferencia de prensa para atacar a periodistas y criticar reportes, verificables con evidencia fotográfica, de que la audiencia en la toma de posesión de Trump fue menor que la de Obama en 2009. Spicer dejó el cuarto de prensa sin aceptar preguntas.

El domingo, un día después de que olas de opositores se reunieran en Washington y en ciudades de todo Estados Unidos y del mundo para protestar contra su presidencia, Trump respondió de nuevo.

“Vi las protestas de ayer, pero estaba bajo la impresión de que acabamos de tener una elección”, escribió en Twitter por la mañana. “¿Por qué no votó esta gente? Y las celebridades solo afectan la causa para mal”.

Kellyanne Conway, su asesora, contribuyó al ambiente combativo en una entrevista con la cadena de televisión NBC en la que describió como “hechos alternativos” las falsedades que dijo Spicer el sábado.

Entonces, el mismo Trump intentó algo distinto y adoptó una postura más despreocupada, como la que usualmente tienen los presidentes. “Las protestas pacíficas son un estandarte de nuestra democracia”, escribió en Twitter. “Aunque no siempre esté de acuerdo, reconozco los derechos que tienen las personas para expresar sus puntos de vista”.

El nuevo presidente enfrenta un reto que comparte con pocos antecesores: ganó el voto del Colegio Electoral pero no el popular, por lo que llegó al cargo con menos apoyo que cualquier otro presidente estadounidense del siglo XXI. Durante una transición en la que trabajó poco por acercarse a sus opositores y estos no cambiaron de parecer sobre él, se despertó la primera mañana en su nueva residencia para encontrarse con cientos de miles de manifestantes gritando en su contra.

Eso ha hecho que la Casa Blanca parezca estar bajo asedio desde el primer día, lo que ha echado leña al fuego de las quejas del presidente y, para algunos asesores, comprobado que se necesita una estrategia agresiva para defender su legitimidad. “El punto no es el tamaño del público”, dijo Reince Priebus, jefe de gabinete, en el programa Fox News Sunday. “El punto son los ataques e intentos por deslegitimizar al presidente, y no los vamos a tolerar”.


Publicado por jacintoluque @ 6:56
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