Martes, 16 de mayo de 2017

Los partidarios de la oposición se enfrentaron a las fuerzas de seguridad el viernes, mientras protestaban contra el presidente Nicolás Maduro en Caracas, Venezuela.

En ese momento su mensaje de lucha revolucionaria contra los enemigos internos dejó de parecer una metáfora para reducir la pobreza. Carey lo define como un “momento enormemente polarizador” que le permitió decir que la oposición “trataba de vender los intereses venezolanos”.

Él y sus partidarios empezaron a ver la política como una batalla radical para su supervivencia. Las instituciones independientes eran vistas como fuentes de peligro.

Las licencias de los medios críticos fueron suspendidas. Cuando los sindicatos protestaron, fueron debilitados por listas negras o remplazados completamente. Cuando los tribunales desafiaron a Chávez, suspendió a los jueces hostiles y llenó al Tribunal Supremo de Justicia con sus simpatizantes.

El resultado de todas esas medidas fue una intensa polarización entre dos segmentos de la sociedad que ahora se veían como amenazas existenciales, lo que destruyó cualquier posibilidad de negociación.

Apuesta por el caos urbano y los grupos armados

El golpe de 2002 le enseñó a Chávez que una alianza con los grupos armados conocidos como colectivos podría ayudarle a controlar las calles donde los manifestantes lo removieron del poder.

Los colectivos empezaron a recibir fondos gubernamentales y armas, por lo que se convirtieron en agentes políticos. Los manifestantes aprendieron a temerle a esos hombres que llegaban a dispersarlos, montados en motocicletas de fabricación china, porque, a menudo, sus acciones provocaban la muerte de algún manifestante.

El poder de los colectivos creció y llegaron a desafiar a la policía por el control de diversas zonas. En 2005, expulsaron a la policía de una región de Caracas, que tiene decenas de miles de residentes.

Aunque oficialmente el gobierno nunca aprobó esa violencia, elogió públicamente a los colectivos, otorgándoles una impunidad tácita. Muchos explotaron eso para participar en el crimen organizado.

Alejandro Velasco, profesor de la Universidad de Nueva York, estudia a los colectivos y dijo que posteriormente esos grupos se unieron a criminales “oportunistas” que aprendieron que “agregarle una pequeña dosis de ideología a sus operaciones” podía garantizarles la impunidad.

La criminalidad y la anarquía florecieron, lo que aumentó las tasas de homicidio.

La grave crisis económica

El presidente Nicolás Maduro, quien llegó al poder después de que Chávez murió en 2013, heredó una economía desastrosa y poco apoyo entre las élites y los sectores populares.

Desesperado ante esa situación, repartió el liderazgo. El Ejército, sector con el que tiene menos influencia que su predecesor, se hizo con el control de los lucrativos negocios de las drogas y los alimentos, así como de la minería de oro.

Al no poder mantener los subsidios y programas de bienestar, imprimió más dinero. Cuando eso impulsó la inflación y el aumento de los precios de bienes básicos, también instituyó controles de precios y fijó el tipo de cambio de la moneda.

Esto hizo que muchas importaciones fuesen extremadamente caras y muchas empresas cerraron en consecuencia. La respuesta de Maduro fue imprimir más dinero: la inflación volvió a crecer, por lo que la comida se volvió muy escasa. Ese ciclo de medidas gubernamentales destruyó la economía venezolana.

También empeoró la violencia callejera porque, al vaciarse las tiendas estatales, se multiplicó el mercado negro. Los colectivos, al depender menos del apoyo gubernamental, tomaron el mando de la economía informal en algunas zonas y se volvieron más violentos y difíciles de controlar.

Maduro trató de restablecer el orden en 2015, desplegando unidades policiales y militares fuertemente armadas. Pero las operaciones se convirtieron en “baños de sangre”, según Velasco, y muchos oficiales se incorporaron en vez a las actividades delictivas.

Ni democracia ni dictadura

Después de años de erosión, el sistema político se ha convertido en un híbrido de rasgos democráticos y autoritarios, una mezcla muy inestable, según los expertos.

Sus reglas internas pueden cambiar día a día y los centros de poder compiten ferozmente por el control. Esos sistemas han demostrado ser mucho más susceptibles de experimentar un golpe o un colapso.

Maduro ha luchado para reafirmar su control, como suelen hacer los líderes de esos sistemas.

Sin las relaciones personales de Chávez ni los grandes ingresos petroleros, Maduro tiene poca influencia porque es sumamente impopular y su control sobre las instituciones democráticas es muy débil.

Después de que la oposición ganó el control de la Asamblea Nacional en 2015, la tensión entre esos dos sistemas explotó en un conflicto directo. El Tribunal Supremo de Justicia, lleno de magistrados leales al régimen, trató de disolver los poderes de la legislatura. Maduro convocó una asamblea constituyente a principios de mayo.

La paradoja de Venezuela, según Levitsky, es que el gobierno es demasiado autoritario para coexistir con las instituciones democráticas, pero demasiado débil para abolirlas sin correr el riesgo de colapsar.

Los manifestantes han tomado las calles, pero parece que las acciones de las fuerzas de seguridad y los colectivos han logrado frenarlos. Francisco Toro, un experto venezolano en Ciencias Políticas, dijo que no está claro qué lado tomarán los militares si son llamados a intervenir.

Ninguno de los bandos parece ser capaz de ejercer el control. Ese sistema político incapaz de acabar con el régimen o negociar ha alejado a Venezuela de la riqueza y la democracia, llevándola al borde del colapso.


Publicado por jacintoluque @ 8:01
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