Viernes, 27 de septiembre de 2019

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Un microbio presente en dos de cada ocho personas puede causar una peligrosa infl amación de las membranas que protegen el cerebro y la médula espinal. El tratamiento inmediato es esencial para salvar la vida del paciente.

Su simple mención provoca el temor de padres y personal sanitario. Es una  enfermedadmuy contagiosa y, aunque es muy poco frecuente –con una tasa de menos de un caso por cada cien mil habitantes–, sigue generando alarma social por su carácter imprevisible, su alta mortalidad y las graves secuelas que acarrea. El cerebro y la médula espinal están protegidos por tres finas membranas denominadas meninges.

Entre las dos internas se encuentra un fluido transparente e incoloro, el líquido cefalorraquídeo, que actúa como amortiguador de impactos, elimina los productos de desecho y ayuda a que el sistema nervioso central funcione correctamente. La meningitis se produce cuando un germen penetra en el líquido cefalorraquídeo y provoca la inflamación e irritación de las meninges. En cuatro de cada cinco casos, el invasor es un virus, generalmente, de las familias de los enterovirus, herpes simple, gripe, sarampión, varicela y paperas. Es la forma más benigna de la dolencia: suele curarse por sí misma sin mayores problemas.

Más grave es la meningitis bacteriana, que puede ser mortal si el paciente no recibe tratamiento antibiótico inmediato. Varias bacterias pueden ser las implicadas: el Haemophilus infl uenza tipo B, el neumococo –Streptococcus pneumoniae– y, sobre todo, el meningococo –Neisseria meningitidis–.

El meningococo es un agente patógeno exclusivo del ser humano que vive de forma habitual en la nariz y, sobre todo, en la garganta –faringe–, donde puede permanecer multiplicándose entre cinco y quince semanas. Se contagia a través de la saliva que expulsamos al hablar, toser o estornudar. Hasta un 20 % de la población presenta el microbio en sus vías respiratorias, sin que cause problema alguno. Son los llamados portadores asintomáticos. La frecuencia es mayor en adolescentes, fumadores y en condiciones de hacinamiento.

Por causas no del todo conocidas, el germen puede penetrar la mucosa, alcanzar el torrente sanguíneo y dar lugar a lo que se conoce como enfermedad meningocócica invasiva (EMI). Se trata de una grave infección cuya forma clínica más frecuente es la meningitis. Sin embargo, entre el 5 % y el 20 % de los casos pueden manifestarse como una sepsis o septicemia, es decir, una infección sanguínea generalizada. Y, en un porcentaje todavía menor, como neumonía, endocarditis, pericarditis, artritis, conjuntivitis, uretritis, faringitis y cervicitis. “Para que se produzca la meningitis, la bacteria tiene que alcanzar el sistema nervioso central y desencadenar el mecanismo de inflamación de las meninges”, explica el doctor David Moreno, coordinador del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría.

Su simple mención provoca el temor de padres y personal sanitario. Es una  enfermedadmuy contagiosa y, aunque es muy poco frecuente –con una tasa de menos de un caso por cada cien mil habitantes–, sigue generando alarma social por su carácter imprevisible, su alta mortalidad y las graves secuelas que acarrea. El cerebro y la médula espinal están protegidos por tres finas membranas denominadas meninges.

Entre las dos internas se encuentra un fluido transparente e incoloro, el líquido cefalorraquídeo, que actúa como amortiguador de impactos, elimina los productos de desecho y ayuda a que el sistema nervioso central funcione correctamente. La meningitis se produce cuando un germen penetra en el líquido cefalorraquídeo y provoca la inflamación e irritación de las meninges. En cuatro de cada cinco casos, el invasor es un virus, generalmente, de las familias de los enterovirus, herpes simple, gripe, sarampión, varicela y paperas. Es la forma más benigna de la dolencia: suele curarse por sí misma sin mayores problemas.

Más grave es la meningitis bacteriana, que puede ser mortal si el paciente no recibe tratamiento antibiótico inmediato. Varias bacterias pueden ser las implicadas: el Haemophilus infl uenza tipo B, el neumococo –Streptococcus pneumoniae– y, sobre todo, el meningococo –Neisseria meningitidis–.

El meningococo es un agente patógeno exclusivo del ser humano que vive de forma habitual en la nariz y, sobre todo, en la garganta –faringe–, donde puede permanecer multiplicándose entre cinco y quince semanas. Se contagia a través de la saliva que expulsamos al hablar, toser o estornudar. Hasta un 20 % de la población presenta el microbio en sus vías respiratorias, sin que cause problema alguno. Son los llamados portadores asintomáticos. La frecuencia es mayor en adolescentes, fumadores y en condiciones de hacinamiento.

Por causas no del todo conocidas, el germen puede penetrar la mucosa, alcanzar el torrente sanguíneo y dar lugar a lo que se conoce como enfermedad meningocócica invasiva (EMI). Se trata de una grave infección cuya forma clínica más frecuente es la meningitis. Sin embargo, entre el 5 % y el 20 % de los casos pueden manifestarse como una sepsis o septicemia, es decir, una infección sanguínea generalizada. Y, en un porcentaje todavía menor, como neumonía, endocarditis, pericarditis, artritis, conjuntivitis, uretritis, faringitis y cervicitis. “Para que se produzca la meningitis, la bacteria tiene que alcanzar el sistema nervioso central y desencadenar el mecanismo de inflamación de las meninges”, explica el doctor David Moreno, coordinador del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría.

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Atención de urgencia

Por otra parte, se cree que hay cierta predisposición genética. Varios estudios europeos en marcha parecen confirmarlo, pero todavía no se han publicado los resultados. Asimismo, presentan mayor riesgo las personas con alteraciones en su sistema inmunitario, las que ya han padecido EMI con anterioridad y las que carecen de bazo, bien porque se les haya extirpado, bien porque no sea funcional. Ante la más mínima sospecha, se analizan muestras de sangre y de líquido cefalorraquídeo que se obtiene mediante una punción lumbar. “El de una persona sana es claro como el agua. Si su aspecto es turbio y purulento, es un síntoma claro de meningitis, y ni siquiera tienes que esperar a que te llegue el resultado del análisis para comenzar el tratamiento con antibióticos. Pero, en todos los casos, el líquido cefalorraquídeo se analiza de forma urgente y, en apenas una hora, tenemos los resultados preliminares encima de la mesa”, indica el doctor Moreno. El diagnóstico microbiológico, que tarda más tiempo, es fundamental para administrar el tratamiento adecuado y para detectar los cambios y tendencias epidemiológicas, así como la aparición de nuevas resistencias a los antibióticos.

En todos los casos, eso sí, el paciente de EMI debe ser ingresado de urgencia en el hospital para ser tratado con cefalosporinas de tercera generación –cefotaxima o ceftriaxona– por vía intravenosa. Estos antibióticos pueden ir acompañados de corticoides, para reducir la respuesta inflamatoria del organismo y prevenir las posibles secuelas. La estancia media hospitalaria es de siete a diez días en los casos leves, y de tres a cuatro semanas o más en los casos graves. Incluso, puede ser necesario el ingreso en una unidad de cuidados intensivos.

No es una dolencia fácil de encarar. Por eso, a pesar de los adelantos de la medicina, entre el 5 % y el 10 % de los afectados fallece en las primeras 24/48 horas desde el comienzo de los síntomas. Y uno de cada tres niños que salen con vida del hospital padecerán consecuencias para toda la vida, algunas gravísimas, como amputaciones, retraso psicomotor, sordera, ceguera, etc. “Las secuelas neurológicas se deben al daño directo que causa en el cerebro la inflamación de las meninges. Las amputaciones son consecuencias secundarias a la sepsis. La sangre no llega a las zonas distales –manos, pies–, los tejidos se necrosan y se hace necesaria la amputación de los miembros”, afirma el doctor Moreno.

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Limpiar el entorno

En paralelo, cuando se registra un caso, hay que proceder a la quimioprofilaxis o tratamiento con antibióticos de las personas que hayan tenido una relación estrecha con el paciente. Está indicado para todas las que convivan con el enfermo, aquellas que hayan pernoctado en la misma habitación los diez días anteriores a la hospitalización, el personal sanitario que haya tenido contacto directo y sin protección con sus secreciones nasofaríngeas –maniobras de reanimación, intubación traqueal...–, así como los compañeros y personal del aula en guarderías y centros de preescolar, colegio e instituto. El objetivo es eliminar la bacteria de la nariz y garganta de los portadores sanos y evitar que pueda seguir propagándose entre la población.

Al menos, no es necesario esterilizar los objetos porque Neisseria meningitidis sobrevive muy poco tiempo fuera del organismo. Aun así, el método de prevención más eficaz sigue siendo la inmunización de la población. En la década de 1990, se implantó en el calendario la vacuna contra Haemophilus influenzae tipo B. En 2000, se incluyó la meningitis C y, en 2015, el neumococo. Dichas vacunas han reducido la incidencia de las meningitis producidas por esos gérmenes, pero, en la temporada 2017-2018, el 40 % de los casos estuvo causado por el meningococo B y se ha registrado un incremento de los producidos por los serogrupos W e Y. En enero de 2013, la Agencia Europea del Medicamento aprobó la primera  vacuna contra el meningococo B –Bexsero–. Sin embargo, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios limitó su uso al ámbito hospitalario. Después de dos años de movilizaciones y reclamaciones judiciales, se autorizó su comercialización en farmacias, aunque a un precio de más de 300 euros por las tres dosis necesarias, lo que puede alejarla de algunos bolsillos.

También está disponible en las farmacias la vacuna tetravalente ACWY, con un precio de 54,64 euros por dosis. El Ministerio de Sanidad ha aprobado introducirla en 2020 en el calendario de todas las comunidades autónomas, pero solo para adolescentes. “Tenemos en nuestras manos la posibilidad de cerrar el círculo de prevención frente a las meningitis en la infancia y, como pediatras, no podemos renunciar a dejar pasar esta oportunidad que nos ofrecen los avances de la medicina. Debe ser una prioridad en los presupuestos, por el bien de las familias, pero también del personal sanitario ante una enfermedad difícil de diagnosticar y con una elevada morbilidad y mortalidad”, concluye el doctor Moreno.


Publicado por jacintoluque @ 8:27
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