Martes, 31 de diciembre de 2019

La regla de oro de la medicina —“lo primero es no hacer daño”— implica que los beneficios esperados de un tratamiento deben superar sus riesgos potenciales.

Hace como un mes dejé de tomar un medicamento sin contactar primero al doctor que me lo recetó, una decisión que regularmente he advertido a otros que nunca hagan. Un neurólogo me había recetado el anticonvulsivo Keppra como medida preventiva, en caso de que una convulsión hubiera sido la causante de una caída en la que me golpeé la cabeza y sufrí una breve pérdida de memoria.

El neurólogo estaba tomando las precauciones debidas conmigo. Hace dos años, había tenido un accidente igual de misterioso, acompañado de una laguna mental de unos quince minutos.

Ya se había descartado un trastorno del ritmo cardíaco y pasarían semanas antes de que pudiera someterme a un estudio de tres días de mis ondas cerebrales para detectar actividad convulsiva. Pero después de diez días de tomar Keppra, cuya etiqueta advertía que podía causar adormecimiento, me sentía mucho peor que “muy somnolienta”. Apenas podía moverme. Pasaba todo el día en cama, incapaz de trabajar, leer o incluso ver televisión. Además, estaba deprimida, lo suficiente como para empezar a enumerar las actividades que podía cancelar, como quizás la vida misma.

Cuando una amiga me comentó que ella también había estado fatigada y deprimida mientras tomaba otro anticonvulsivo, tuve que saber si mis síntomas eran causados por la lesión en mi cabeza o el medicamento, y la manera más fácil de descubrirlo un sábado por la noche era dejar de tomarlo. Luego de 36 horas, era una persona nueva, había recuperado casi por completo mis niveles normales de energía, habilidad para trabajar y entusiasmo por la vida.

Al principio, pensé que me adaptaría a los efectos secundarios del medicamento, pero no hacían más que empeorar cada día. Mi amiga me dijo que había dejado de tomar el anticonvulsivo cuando terminó sentada en el borde de una ventana abierta. Ese lunes, llamé a la oficina del neurólogo y aunque me regañó con toda razón por haber dejado de tomar el medicamento sin su aprobación, al menos viví para contarlo.

Estoy segura de que no he sido la única en abandonar un medicamento sin —o incluso en contra de— la recomendación de un doctor. No hay duda de que muchos, como yo, experimentaron efectos secundarios que eran mucho peores que la condición que el medicamento debía tratar.

La regla de oro de la medicina —“lo primero es no hacer daño”— tiene como corolario que los beneficios esperados de un tratamiento deben superar sus riesgos potenciales. Es la base para la aprobación de los medicamentos recetados de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA).

La aprobación de la comercialización incluye una revisión de la información que se muestra en el paquete, la cual se supone debe enumerar los posibles efectos secundarios, desde menores hasta graves, que se manifestaron durante las pruebas previas a su lanzamiento. Se insta a los consumidores a leer estas indicaciones antes de tomar un nuevo medicamento. Pero al igual que la lista obligatoria de efectos secundarios y advertencias que acompañan los anuncios de medicamentos impresos y televisados, estas pueden aterrorizar a algunos pacientes y hacer que se nieguen a tomar medicamentos que realmente podrían ayudarlos.

De acuerdo con Timothy O’Shea, farmacéutico clínico que escribe sobre medicamentos recetados, “cada año, un estimado de 4,5 millones de estadounidenses visitan un consultorio médico o una sala de emergencias debido a los efectos secundarios de sus medicamentos recetados”.

Dentro de los diez efectos secundarios “más aterradores” que O’Shea enumera en un artículo de Pharmacy Times, se encuentran las alucinaciones que se pueden vincular a medicamentos psiquiátricos como Seroquel y Haldol, los medicamentos para mejorar el sueño como Ambien y Lunesta, y algunos fármacos anticonvulsivos.

Hace varios años, en un viaje a Panamá, mi compañero de piso tuvo alucinaciones psicóticas por el medicamento Lariam, que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades habían recomendado en aquel entonces para prevenir la malaria.

Otro efecto alarmante es la pérdida de memoria que a veces producen los “sedantes hipnóticos análogos de benzodiazepinas, como Ambien, Lunesta y Sonata”, escribe O’Shea. Sin embargo, más preocupante es el riesgo creciente de pensamientos y comportamientos suicidas en niños, adolescentes y adultos jóvenes, asociado con todos los antidepresivos.

Todos los medicamentos, recetados y de venta libre, tienen efectos secundarios o la posibilidad de causarlos, y el secreto para su uso seguro y benéfico es conocerlos y saber cómo pueden cambiar con respecto a tu salud, hábitos, alimentación, sensibilidades alérgicas y otros medicamentos que tomes. Por lo general, esos pequeños ajustes pueden hacer una gran diferencia en cuán efectivo y seguro sea un medicamento para ti.

Por ejemplo, las personas que toman anticoagulantes deben ser precavidas al tomar aspirinas y otros medicamentos antiinflamatorios no esteroideos que puedan incrementar el riesgo de pérdida de sangre.

Además de las interacciones dañinas entre medicamentos, muchos riesgos asociados con las medicinas provienen de su interacción con alimentos, bebidas, suplementos y otras dolencias. Por ejemplo, algunos medicamentos, incluida la mayoría de los analgésicos, funcionan mejor cuando se toman con algún alimento para reducir los efectos secundarios gastrointestinales, mientras que otros deben ser tomados con el estómago vacío para mejorar su absorción.

La dosis del anticoagulante Coumadin debe ser ajustada según el consumo de ciertos vegetales ricos en vitamina K como la espinaca, la col rizada y el brócoli, los cuales pueden reducir la efectividad del medicamento. La toronja y la granada pueden limitar la habilidad de una estatina para reducir el colesterol, pero la toronja puede incrementar los efectos de algunos medicamentos que tratan la hipertensión. Los fármacos antihipertensivos llamados inhibidores de la enzima convertidora de la angiotensina (ECA) pueden alterar la excreción de potasio de alimentos como el plátano.

En general, es mejor evitar tomar medicamentos al mismo tiempo que ingieres vitaminas, hierbas medicinales u otros suplementos. Y a menos que te indiquen lo contrario, toma todos los medicamentos con un vaso entero de agua.

Probablemente la interacción dañina más común entre medicamentos y alimentos es la que sucede entre los fármacos y el alcohol, el cual puede aumentar o reducir los efectos de un medicamento de manera peligrosa. Consumir alcohol mientras se toma un analgésico narcótico puede resultar en una sobredosis accidental, incluso letal. Incluso en pequeñas cantidades, el alcohol puede intensificar los efectos secundarios de un medicamento y causar adormecimiento, mareo e incapacidad para concentrarse, conducir de forma segura u operar maquinaria.

Cuando te prescriban un nuevo medicamento, es recomendable leer las indicaciones de la caja antes de tomar la primera dosis. Puedes también consultar a tu médico acerca de lo que deberías saber para consumir el medicamento de manera segura.

Si sospechas que estás teniendo una reacción adversa al medicamento, no sigas mi ejemplo. En la mayoría de los casos, debes continuar con el tratamiento, pero llamar a tu médico lo más pronto posible. Sin embargo, si desarrollas una reacción alérgica como comezón intensa, hinchazón o dificultad para respirar, deja de tomar el medicamento inmediatamente y acude a la sala de emergencias más cercana o llama al 911.

Toma medidas especiales de precaución si crees que estás reaccionando a un medicamento relativamente nuevo en el mercado. Algunas complicaciones serias no son evidentes hasta que un medicamento ha sido usado durante años por muchas personas.

Cualquier reacción grave a un medicamento debe ser reportada a la FDA. El programa MedWatch de la agencia, fundado en 1993, les pide a los consumidores, así como a los profesionales de la salud, que informen sobre los eventos adversos graves. En www.fda.gov/medwatch puedes conseguir un formulario de notificación con instrucciones.

Jane E. Brody es columnista de Personal Health desde 1976. Ha escrito más de una docena de libros, incluidos los libros Jane Brody’s Nutrition Book y Jane Brody’s Good Food Book.

Jane Brody is the Personal Health columnist, a position she has held since 1976. She has written more than a dozen books including the best sellers “Jane Brody’s Nutrition Book” and “Jane Brody’s Good Food Book.” 


Publicado por jacintoluque @ 10:22
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